Martes 26 de Abril de 2022 | Matutina para Mujeres | Mi reputación está en juego

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Mi reputación está en juego

“Habla a favor de los que no pueden hablar por sí mismos; garantiza justicia para todos los abatidos. Sí, habla a favor de los pobres e indefensos, y asegúrate de que se les haga justicia” (Prov. 31:8, 9, NTV).

En cierta ocasión, tuve el privilegio de entrevistar a Mary DeMuth. Mary es una autora cristiana y presentadora de radio. Cuando Mary tenía tan solo cinco años, fue abusada por unos muchachos del barrio. Por esto, hoy Mary se dedica a orar por otras víctimas y a guiarlas a través del extenso proceso de sanación. Durante la entrevista, Mary y yo hablamos de su último libro, We too [Nosotras también], y de cómo la iglesia, ante el abuso, puede tener una respuesta nociva o redentora.

Mary me dijo que, muchas veces, cuando una víctima comparte su experiencia no recibe el apoyo que necesita. A veces las personas no le creen o no saben cómo reaccionar. Hay varias razones por las que esto puede suceder, pero la más triste es que, a veces, una comunidad está más preocupada por cuidar su reputación que por cuidar a la víctima. Mary cree, con toda razón, que Jesús nunca actuó de esta manera. Jesús no estaba pendiente de su reputación, sino de aquellos a quienes podía redimir.

Pero no fue solo Jesús quien actuó así. Considera a María. Luego de recibir la visita del ángel, ella contestó: “Soy la sierva del Señor. Que se cumpla todo lo que has dicho acerca de mí” (Luc. 1:38, NTV). Cumplir la voluntad de Dios destruyó la reputación de María: una mujer soltera, embarazada, no era bien vista. Pero María amaba a Dios más que a su reputación. También Oseas estuvo dispuesto a sacrificar su reputación por ser fiel a Dios. Dios le dijo:

“Ve y cásate con una prostituta”, y él lo hizo. Pablo perdió su estatus al punto de ser considerado loco (Hech. 26:24). Es muy probable que la gente creyera que Noé también estaba loco al prepararse para un diluvio, un evento que nunca se había observado antes.

Aunque no hay nada de malo en desear tener un buen nombre, para seguir a Cristo debemos amarlo más que a nuestra reputación, la de nuestra familia o de nuestra comunidad de fe. Si tenemos que elegir entre cumplir con nuestro deber o mantener las apariencias, pongamos nuestra reputación en las manos de Dios y hagamos la parte que nos toca. En La educación cristiana, Elena de White dice que el mundo necesita personas “que se mantengan de parte de la justicia, aunque se desplomen los cielos” (p. 54).

Señor, dame la valentía para hacer lo correcto aun cuando mi reputación esté en juego.

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