Matutina para Adultos, Domingo 08 de Agosto de 2021

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Perros y lobos

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5).

Spurgeon cuenta que Melancthon lloraba por las divisiones entre los protestantes y buscaba la unidad. Así, enseño la parábola de los lobos y los perros. 

Los lobos tenían miedo porque los perros eran muchos y fuertes. Por lo tanto, enviaron un espía para observarlos. Al volver, el espía dijo: “Es cierto que los perros son muchos, pero pocos son grandes y fuertes. La mayoría de ellos son perros pequeños, que ladran fuerte pero no muerden. Sin embargo, hay algo extraño: todos intentan morderse entre sí. Y, aunque nos odian, también se odian entre ellos mismos”.

Me entristece pensar que esta “historia” se repite en nuestros días. Pareciera que muchos seguidores de Jesús están más interesados en morderse el uno al otro, en lugar de guardar sus dientes afilados para los lobos. 

Pablo dice que haya entre los filipenses y entre nosotros la mejor actitud conforme al modelo del mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. El apóstol sabía que, para producir armonía y unión, primero habría que engendrar humildad.

Cuando cada uno esté dispuesto a ser menos y colocar a sus semejantes más arriba que ellos mismos, entonces podrá haber un final para el espíritu de contienda, divisiones y conflictos.

Jesús es el mayor ejemplo divino de amor y abnegación, y deberíamos imitarlo diligentemente. Solo aquel que esté dispuesto a no ser nada será poseedor de todo. Necesitamos la misma actitud, los mismos sentimientos y la misma abnegación que Cristo. El amor y el sacrificio de Cristo son nuestro modelo y referencia de amor entre nosotros. 

Él era Dios por naturaleza y por esencia, diferente de Adán, que fue creado a la imagen de Dios. Pero no se aferró a eso; se despojó, se vació, dejó a un lado su trono, se encarnó en nuestra miseria, se rebajó voluntariamente, depuso su igualdad con el Padre, se limitó en el uso de sus poderes divinos y nunca los usó en favor de sí mismo. No solo se hizo hombre sino también siervo, esclavo, asumió nuestra humanidad con todos sus dolores, se hizo obediente a su misión, hasta soportar la peor humillación, con la peor muerte: la cruz.

Nuestra lucha no es contra nuestro hermano. “El enemigo a quien más hemos de temer es el yo […]. Ninguna victoria que podamos ganar es tan preciosa como la victoria sobre nosotros mismos” (Elena de White, El colportor evangélico, p. 202). 

Sometidos al Cordero, el lobo huirá de nosotros. Por eso, usa “tus garras” para vencer a los lobos.

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