Matutina para Adultos | Sábado 15 de Febrero de 2025 | Gratitud

Matutina para Adultos | Sábado 15 de Febrero de 2025 | Gratitud

Gratitud

«Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies dándole gracias. Este era samaritano. Jesús le preguntó: ¿No son diez los que han quedado limpios? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviera y diera gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado» (Luc. 17: 15-19).

Un grupo de leprosos, excluidos por ley del contacto con la sociedad (Lev. 13: 46), comparten en comunidad de desgracia el compañerismo que el entorno les niega. Se consideran a sí mismos tan «inmundos» que para ellos la diferencia entre judíos y samaritanos ya no tiene sentido: unos y otros no son nada más que «leprosos». A la vista de Jesús, respetando las normas de convivencia, se detienen a lo lejos y a gritos suplican su compasión.

Jesús, que no solo desea su curación sino también, y sobre todo, su reintegración en la sociedad que los rechaza, los envía directamente a que se muestren a los sacerdotes que tenían la responsabilidad de verificar su curación y readmitirlos en la comunidad (Lev. 13: 2; 14: 3).

Jesús realiza su tarea terapéutica con tal discreción y humildad, tan lejos de cualquier forma de protagonismo, que el texto ni la menciona. Como si, todavía más que la curación de estos marginados, lo que más deseara fuese su reincorporación inmediata a una vida normal, para recuperar de ese modo su salud integral.

Sabe que la enfermedad es una fuerza destructora de la que las víctimas no siempre son culpables, pero que produce demasiadas veces situaciones de exclusión social perversas y humillantes. La intervención de Jesús no se limita a actuar contra la lepra, sino sobre todo a favor de la plena reinserción de los excluidos.

La bendición recibida es tan grande que el propio Jesús se sorprende de la falta de gratitud de nueve de los sanados, y constata con tristeza que solo un samaritano aprecia suficientemente la salud y la libertad recibidas como para dar gracias por ella. Jesús desea darnos vida abundante, no solo en el aspecto sanitario sino también en los planos social y espiritual. «Tu fe te ha salvado», dirá al agradecido samaritano. Porque reconocer que cada bendición recibida tiene su origen en Dios, es ya, en cierto sentido, gozar de la salvación prometida.

Más allá de las ataduras de la enfermedad y de la exclusión, de todo lo que ahora parece una maldición, Dios nos ofrece a todos, sin distinciones de religión ni raza, vida eterna.

Señor, ¡qué menos que darte las gracias!

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