Miércoles 26 de Octubre de 2022 | Matutina para Adultos | El pecado más sutil

El pecado más sutil

“Puesto de pie, el fariseo oraba consigo mismo de esta manera: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos y adúlteros. ¡Ni siquiera soy como este cobrador de impuestos! Ayuno dos veces a la semana, y doy la décima parte de todo lo que gano’” (Lucas 18:11, 12, RVC).

¿Cuál es el pecado más sutil? P. T. Forsyth lo llama “el pecado de la bondad”; es decir, el pecado de quienes se creen buenos, pero que no saben que no son buenos.

Entiéndase bien: no hay nada malo en realizar actos de bondad. Uno de los atributos del carácter de Dios es su bondad (ver Éxo. 34:5-7); y la bondad es uno de los frutos del Espíritu (Gál. 5:22). ¿Por qué entonces, en la conocida parábola del fariseo y el cobrador de impuestos, no fue el fariseo el que recibió el perdón?

Entre sus virtudes el fariseo destaca que ayunaba dos veces por semana. Por otra parte, el fariseo daba el diezmo de todo; así que es muy probable que también diezmara “la menta y el eneldo y el comino” (ver Mat. 23:23). Además, no robaba, no adulteraba ni cometía injusticias “como los demás”.

¿Nos damos cuenta de cuán sutil es el “pecado” de la bondad? Más que una oración, lo que este fariseo hizo fue presentarle a Dios un informe pormenorizado de lo bueno que él era en comparación con los demás. ¡Cuán ofensiva, entonces, debió de haber sido su oración! Por otra parte, “el recaudador de impuestos […] ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!’ ” (Luc. 18:13, NVI). No hizo gala de sus buenas obras ni se comparó con los demás; solo pidió perdón apoyándose completamente en la misericordia de Dios.

¿Cuál es la lección para nosotros? La siguiente cita de Palabras de vida del gran Maestro la resume bien: “No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la autosuficiencia. De todos los pecados es el más desesperante, el más incurable” (p. 119).

Padre celestial, ayúdame para que “jamás se me ocurra jactarme de otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál. 6:14, NVI).

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