Sábado 24 de Diciembre de 2022 | Matutina para Adultos | La ley de la vida

La ley de la vida

“Mientras ellos se encontraban allí [en Belén], se cumplió el tiempo de que ella diera a luz, y allí tuvo a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en ese albergue” (Lucas 2:6, 7, RVC).

Si hay algo que grandes y chicos disfrutamos en esta época del año es ver las representaciones del nacimiento de Jesús con niños actores. No importa lo que hagan estos pequeñuelos, todo les queda bien, incluso cuando “ligeramente” se salen del relato bíblico, como sucedió en la siguiente historia que cuenta Alfred C. McClure (“You Can Have My Room”, Adventist Review, abril de 2000, p. 6).

El protagonista de la historia es Wally, a quien le asignaron el papel de hostelero. Cuando José y María llegan a la posada, preguntan si hay un cuarto disponible; y explican que ya han buscado por todo el pueblo, pero nada han conseguido. Entonces Wally, “el posadero”, cumpliendo de manera impecable su papel, responde:

–Pues aquí tampoco hay lugar. ¡Lo siento!

Cuando escuchan las malas nuevas, José y María, a paso lento, comienzan a retirarse. Desde la puerta de la posada, Wally los observa. De repente, poniendo a un lado el guion del programa, exclama:

–Por favor, José, no te vayas. Regresa con María. ¡Pueden quedarse en mi cuarto! Ciertamente, esa no fue una “ligera” modificación del relato bíblico. ¡Lo que Wally hizo fue darnos una nueva versión!

Alfred McClure escribe que no solo al nacer en el establo, sino también al morir en el Calvario, Jesús estuvo dispuesto a sacrificarse con tal de que tú y yo pudiéramos tener un lugar en su reino. La gran pregunta es: ¿Qué haremos nosotros con las innumerables bendiciones que Cristo nos ha dado? ¿Las compartiremos, o egoístamente las retendremos?

Recordemos hoy que “hay más dicha en dar que en recibir”. Recordemos, además, que al compartir de lo que hemos recibido, no solo estaremos ayudando a alguien en necesidad –de pan, de vestido, de cariño, de aliento–, sino que además estaremos glorificando el nombre de quien dio “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

Padre celestial, ayúdame para que “el circuito de beneficencia” no se detenga en mí. Tú entregaste a tu Hijo amado; Cristo, a su vez, nos ha colmado de bendiciones; ahora yo también quiero dar de lo que he recibido para glorificar tu santo nombre.

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