Jueves 19 de Mayo de 2022 | Matutina para Mujeres | Impotencia

Impotencia

“Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo” (Sal. 61:2).

Cuando tenemos hambre de Dios, sentimos dependencia e impotencia. Así como el hambre física, el hambre espiritual no produce una sensación agradable. Por eso, cuando oramos pidiendo que Dios aumente nuestra hambre y sed de él, no deberíamos esperar sentirnos fortalecidas o cómodas, sino todo lo contrario. Cada vez que pensamos: ¡Ya no puedo soportar más!, o Esto es demasiado difícil para mí, nuestro estómago espiritual está rugiendo de hambre. Cada vez que sientes que se te acaban las fuerzas y que de ninguna manera puedes seguir adelante, estás experimentando tu hambre y sed de Dios. Nuestra impotencia es una invitación a orar, es una oportunidad para pedir comida. En A Praying Life [Una vida de oración], el autor estadounidense Paul Miller dice que es la pobreza de espíritu —y no la disciplina— la que nos lleva a orar continuamente. “Estaba conduciendo al trabajo un día, pensando en todas las opciones posibles para nuestro plan de los próximos tres años. Cuanto más me acercaba a la oficina, más abrumado me sentía. No tenía suficiente sabiduría. […] Me vino a la mente ese pasaje de las Escrituras: ‘Llévame a la roca que es más alta que yo’ (Sal. 61:2) y lo convertí en una simple oración. Esa momentánea pobreza de espíritu fue la puerta a la oración”. Tu cansancio, tu falta de paciencia y tu incapacidad para modificar tu carácter son señales de tu absoluta dependencia de Cristo. Simplemente abre tu boca, como un bebé, y llora pidiendo que Dios te dé comida.

“No necesitamos autodisciplina para orar continuamente; solo necesitamos ser pobres en espíritu. La pobreza de espíritu da lugar a su Espíritu”, escribe Paul. El hambre crea un espacio que, si no nos apresuramos en cubrir con otras cosas, Dios llena con su Espíritu. Hoy, si te sientes extenuada, no trates de ignorar esa sensación y seguir avanzando como si nada. Detente y pide comida espiritual: “Llévame a la roca que es más alta que yo”. Si estás perdiendo la paciencia con tus colegas o con tus hijos, no ignores el rugir de tu estómago espiritual. Detente y ora: “Llévame a la roca que es más alta que yo”.

Haz lo que sea necesario para aumentar mi conciencia de mi dependencia de ti, Señor. Por incómodo que sea, ayúdame a identificar mis momentos de debilidad e impotencia como una oportunidad para orar y recibir alimento espiritual. Tú prometiste que los que tienen hambre serán saciados, y yo confío en que cumplirás tu palabra.

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