Lunes 11 de Abril de 2022 | Matutina para Mujeres | ¡Déjense llevar!

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¡Déjense llevar!

“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Cuando éramos niñas, mis hermanas y yo teníamos un arma secreta para soportar los recalcitrantes veranos de Buenos Aires: una piscina Pelopincho rectangular, de lona. A las tres nos encantaba jugar un juego que mi hermana mayor, Betina, había inventado. Nadábamos en círculo, con todas nuestras fuerzas, para crear una especie de remolino de agua. Entonces, cuando mi hermana mayor juzgaba que la corriente era lo suficientemente fuerte, ella gritaba: “¡Déjense llevar!” Por unos preciosos segundos, flotábamos sin esfuerzo, llevadas por la corriente.

Unas semanas atrás, mientras pedaleaba al trabajo en mi bicicleta nueva, me acordé de este juego. Hay una calle empinada justo antes de llegar a la oficina. La subida es durísima, pero en bajada no hace falta pedalear; alcanza con la fuerza de gravedad. Ese día, sin embargo, soplaba un viento implacable. Llegué a la cima jadeante; con el viento y la lluvia golpeándome la cara. Me detuve un segundo para respirar, y después me lancé cuesta abajo, como escuchando un eco de mi infancia: “¡Déjense llevar!” Pero nada sucedió. En lugar de deslizarme a toda velocidad, quedé inmóvil. La única solución para contrarrestar la fuerza del viento fue pedalear cuesta abajo.

“Jesús, ¿cuál es la lección que tengo que aprender?”, oré mientras pedaleaba. Entonces, vino a mi mente un versículo de la Biblia: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

“¡No quiero ir en contra de tu Espíritu, ni de tus planes para mi vida!”, oré mientras aún hacia fuerza para avanzar. “Enséñame a detectar dónde estás obrando y a sumarme a ese plan. No quiero perder tiempo creando mis propios planes. Enséñame a ver lo que tú ya estás haciendo y a dejarme llevar”.

Uno de los mitos más peligrosos de la vida adulta es creer que estamos al control de todo lo que nos sucede… o que debería ser así. ¡Esto no es cierto! El Espíritu Santo debe estar al control. Nuestra parte es dejarnos llevar, como niños. En El ministerio de curación, Elena de White dice: “Son muchos los que, al idear planes para un brillante porvenir, fracasan completamente. Dejad que Dios haga planes para vosotros. Como niños, confiad en la dirección de Aquel que guarda los pies de sus santos” (p. 380).

Señor, en lugar de hacer mis planes y esperar que tú los bendigas, quiero ir a donde sople el viento. Enséñame a izar las velas del alma, a ceder el control y a avanzar por fe.

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