Martes 01 de Noviembre de 2022 | Matutina para Adultos | “Señor, ¡aquí estoy!”

“Señor, ¡aquí estoy!”

“Después oí la voz del Señor, que decía: ‘¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?’ Entonces respondí yo: ‘Heme aquí, envíame a mí’ ” (Isaías 6:8).

Gladys Aylward (1902-1980) nació en el seno de una familia pobre en el norte de Londres y, durante sus años de adolescente, trabajó como empleada doméstica. Siendo todavía joven, se despertó en ella el sueño de servir a Jesús como misionera en China. El problema era: ¿cómo podría hacer realidad ese sueño sin recursos ni preparación académica?

La oportunidad se presentó cuando supo de China Inland Mission [Misión al Interior de China], una institución que preparaba y financiaba a misioneros. Sin embargo, después de tres meses de entrenamiento, no logró aprobar los exámenes correspondientes. Desilusionada, pero no derrotada, Gladys regresó a su trabajo como empleada doméstica y ahorró cuanto pudo para adquirir su boleto (For Those Who Dare, p. 254).

Una noche, después de leer en las Escrituras los dos primeros capítulos del libro de Nehemías, Gladys sintió que Dios la estaba llamando a ir a China. Entonces, colocando sobre su cama la Biblia abierta, y el poco dinero que poseía, dijo: “Señor, aquí está mi Biblia; aquí está mi dinero, y aquí estoy yo. ¡Úsame, Señor!”

Con ayuda de otras empleadas domésticas, Gladys logró comprar su boleto. Cuando llegó a Yangchen, sin dinero y sin amigos, fue objeto de desprecios por su condición extranjera, pero tampoco se dio por vencida. Aprendió el idioma y, con otra misionera –Jeannie Lawson–, abrió la posada de la octava felicidad. En poco tiempo, la posada se convirtió en favorita de los viajeros, entre otras cosas, por la narración de historias de la Biblia. Cuando regresaban a sus hogares, los viajeros diseminaban las buenas nuevas del evangelio.

Después de hacerse ciudadana china, en 1936, Gladys Aylward comenzó a cuidar huérfanos y ayudar a los necesitados. Gracias a su inquebrantable espíritu de servicio, pronto se convirtió en embajadora del amor de Dios. Cuando en 1940 los japoneses invadieron Yangchen, milagrosamente logró salvar a más de cien niños que estaban bajo su cuidado. Para ello tuvo que atravesar peligrosas montañas en un viaje de unos 160 kilómetros que duró 27 días.

Gladys Aylward murió en 1970, a los 67 años, pero su obra es un testimonio de todo lo que Dios puede hacer cuando, en respuesta a su llamado, uno de sus hijos dice: “Señor, ¡aquí estoy!”

Señor Jesús, no poseo muchos talentos; pero hoy quiero decirte que puedes contar conmigo para que otros sepan que eres un maravilloso Salvador.

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