Matutina para adolescentes 04 de febrero de 2021

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Las buenas noticias pueden matarte

“Se levantaron, lo expulsaron del pueblo […], para tirarlo por el precipicio” (Luc. 4:29, NVI).

¿Qué puede convertir a una multitud de adoradores en una turba asesina?

Cuando regresó a la civilización después de soportar las tentaciones en el desierto, Jesús atravesó Galilea enseñando y sanando. Cuando llegó a su ciudad natal, la noticia se había extendido por todas partes. La sinagoga de Nazaret se llenó de gente ansiosa por ver lo que Jesús diría y haría. Jesús tomó el pergamino y comenzó a leer en Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres”.

“¿No es este el hijo del carpintero? Cómo ha crecido. ¡Con qué seguridad expone las Escrituras!”, comentaba la gente. Entonces, Jesús soltó esta perla: “Seguramente ustedes me dirán […]: ‘Lo que oímos que hiciste en Capernaúm, hazlo también aquí en tu propia tierra’. […] Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente, había muchas viudas en Israel en tiempos del profeta Elías, […] pero Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón [te doy un dato: Sidón no es Israel]. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero no fue sanado ninguno de ellos, sino Naamán, que era de Siria” [otro dato: Siria e Israel son mundos opuestos]. Seguidamente, Jesús es expulsado de la sinagoga por una multitud asesina que intenta matarlo. ¿Qué pasó aquí?

Esto era lo que Jesús quería transmitir: La obra divina de sanación y liberación se extiende más allá de las fronteras de Israel. Tal vez a ti esto no te suena extraño, pero sería como sugerir hoy que la gracia de Dios se extiende por igual a musulmanes, budistas y ateos (idea que, te aseguro, no cae bien a muchos). Jesús se remontó a la misma historia de Israel para decir que, en tiempos de dos de sus más importantes profetas, Dios prefirió a los gentiles.

Imagina a tu pastor diciendo: “Nadie de esta iglesia es más bendecido por Dios que un musulmán”. Me atrevo a decir que eso frunciría algunos ceños. Tal vez el pastor terminaría expulsado de la iglesia por una membresía enojada. Sin embargo, uno de los ejes de la fe de Israel, y por tanto de la fe cristiana, es que el Señor es el Dios de todas las naciones. Millones de personas afirman tener acceso exclusivo a la verdad, o incluso a Dios. Pero Dios no está dispuesto a limitarse a un solo grupo.

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