
La oración, ese privilegio
«Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, gracias te doy por haberme oído»» (Juan 11:41).
Cuando nuestros hijos eran pequeños y estábamos enseñándoles a orar, más de una vez se nos ocurrió arrodillarlos al pie de la cama de uno u otro, antes de acostarlo y, en su aturdimiento, escucharlo decir: «Gracias, Señor, por estos alimentos».
O bien, ante la mesa del desayuno, al solicitar a alguno de ellos que pidiese la bendición, oírle decir inconscientemente: «Guárdanos esta noche para que durmamos bien».
Esto, en el contexto anecdótico de la infancia, quizá haga sonreír a algunos. Pero a nosotros nos alarmaba, porque nos mostraba un incipiente error de perspectiva en la percepción del pequeño sobre lo que es orar. El niño estaba recitando una fórmula. Estaba respondiendo a un reflejo condicionado, pulsando la tecla play de la oración, pero nada más. En ese momento no tenía clara conciencia de entrar en contacto con nadie.
A nosotros nos pasa lo mismo cuando nos ponemos a orar y, como se dice en España, «se nos va el santo al cielo», porque nos falla el mismo concepto. Olvidamos que la oración más que un texto que se dice es un encuentro que se vive; en el que es tan importante, o más, la comunión que la comunicación.
Si fuésemos conscientes de esta realidad, la oración jamás resultaría rutinaria, apresurada, ni forzada. Si nos diésemos cuenta de que, en ese momento privilegiado, el Creador del universo acepta escucharnos, hablar con nosotros y prestarnos atención durante todo el tiempo que queramos, nuestra vida espiritual se transformaría por completo.
Los cosmonautas lanzados al espacio saben que es vital mantener una relación constante con su base de lanzamiento. Para realizar el más mínimo gesto necesitan depender de esa comunicación. Perderla significa prácticamente su desintegración.
Como en nuestro caso las consecuencias de nuestro alejamiento de Dios no se ven inmediatamente, damos menos importancia a conservar o romper el contacto con el centro de energía del universo, nuestra base de lanzamiento y nuestro destino final. Por eso nuestra percepción espiritual tiene un alcance tan corto y se desintegra tan fácilmente.
Como los discípulos de Jesús, quizá también necesitemos buscar al Maestro y decirle: «Señor, enséñame a orar. Ayúdame a vivir en relación contigo. Enséñame a ver cuánto necesito cada día ese encuentro, esa transmisión espiritual para recargar mis baterías de fuerza, de alegría, de amor, para que mi vida, al contacto con la tuya, sea cada vez más plena».