Matutina para Adultos | Miércoles 12 de Febrero de 2025 | Reino, poder y gloria

Matutina para Adultos | Miércoles 12 de Febrero de 2025 | Reino, poder y gloria

Reino, poder y gloria

«Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén» (Mat. 6: 13).

El texto del Padrenuestro tradicionalmente aceptado por la mayoría de las iglesias concluye con una hermosa doxología: «Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén». Aunque se trata de una doxología muy antigua, muchos de los manuscritos más fiables (y muchos críticos modernos) la ignoran, sin duda porque no pertenece al texto original.

¿Por qué entonces seguimos repitiendo esa frase en nuestras oraciones y el texto sigue presente en muchas de nuestras Biblias? La razón es muy sencilla: como la mayoría de las copias del evangelio han servido sobre todo para el culto público, y el Padrenuestro ha formado parte esencial de la liturgia desde los primeros tiempos de la iglesia, la frase se ha conservado porque su contenido es totalmente bíblico y expresa perfectamente la confianza de quienes pronunciamos la oración.

Decimos «tuyo es el Reino» porque reconocemos a Dios como nuestro soberano y deseamos que guíe nuestra vida. Tanto en griego (basileia) como en hebreo (malcut), la noción de ‘reino’ no es principalmente territorial (un territorio sobre el que reina un soberano) sino relacional (una relación entre un soberano y sus súbditos). Por eso Dios ya puede guiarnos, aunque su Reino todavía no sea «de este mundo».

Decimos «tuyo es el poder», porque reconocemos que Dios todo lo puede, hasta lo que nos parece humanamente imposible.

Decimos » tuya es la gloria» porque solo el Dios creador y redentor es digno de nuestra adoración.

Después de haber expuesto ante él nuestras peticiones de pan, perdón, auxilio en las pruebas y liberación de los poderes del mal, al final de nuestra oración, como un acto de reverencia, afirmamos nuestro reconocimiento de Dios como el único ser digno de nuestra devoción.

Al orar solemos caer fácilmente en dos peligros contrarios: uno, el de no pensar lo que decimos y repetir las fórmulas rutinarias que hemos aprendido; el otro, casi más general e inconsciente, es el de no pensar en el ser a quien nos dirigimos.

La mejor oración es aquella en la que desahogamos nuestro corazón ante Dios, conscientes del privilegio de su presencia, en un diálogo real.

Al decirte hoy, Señor, que «tuyo es el Reino, el poder y la gloria» quiero insistir en que deseo que guíes mi vida, que confío en tu poder para resolver mis problemas, y que te mereces toda la gloria que yo no siempre soy capaz de darte.

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