
La voz del pastor
«Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco, y me siguen» (Juan 10: 27).
Nuestro campamento estaba situado en una verde vega, cubierta de pastos, al lado de un precioso río de montaña. Cada día, al pasar del redil a los prados y de los pastos al redil, cruzaba por delante de nuestras tiendas de campaña un hermoso rebaño de ovejas, guiado por un viejo pastor y su fiel perro. Un silbido del pastor bastaba para poner en marcha al rebaño e indicarle al perro lo que debía hacer.
El silbido del pastor era tan característico, que algunos de nuestros jóvenes se pusieron a imitarlo. Pero por mucho que procuraban reproducir la voz del pastor e imitar sus órdenes, ni las ovejas ni el perro les hacían el menor caso. Era como si no hubiesen escuchado nada. Sin embargo, nosotros apenas podíamos distinguir ninguna diferencia entre los silbidos de nuestros compañeros y los del pastor.
Un día, uno de nuestros muchachos había conseguido imitar la voz del pastor de manera tan perfecta que le pidió permiso para silbar él, cuando el pastor estuviese a punto de convocar al rebaño para llevárselo de regreso a casa. El pastor le autorizó a hacerlo, y el joven lanzó su silbido con tal perfección que nosotros creíamos que, como cada día, todas las ovejas se levantarían y se pondrían en marcha.
Sin embargo, todas siguieron o tumbadas o pastando y solo una levantó la cabeza y movió las orejas hacia donde estaba el falso pastor. Y entonces el pastor nos dijo: «Esa oveja es la única rebelde que tengo, y es que está ya medio sorda…».
¡Qué conmovedora esa relación tan íntima y viva entre el pastor y sus ovejas! Cómo le agradaría a Jesús que nosotros también fuéramos capaces de distinguir así su voz de las innumerables voces que gritan en su nombre en esa creciente confusión babilónica de ideas religiosas que reina en el mundo digital.
Para percibir la voz del pastor, esa voz debe volverse familiar de tan conocida y amada. Jesús revela su amor en la relación que desea tener con sus ovejas: «Me oyen, yo las conozco y me siguen. Y yo les doy vida eterna» (vers. 28). No dice «yo les daré» sino «yo les doy, desde ahora, vida eterna».
Señor, en medio de los confusos mensajes de este mundo, haz que hoy escuche tu voz. Deseo seguirte.