Matutina para Jóvenes | Lunes 27 de Noviembre de 2023 | Manos a la obra

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Manos a la obra

Levántate, porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo. ¡Anímate y pon manos a la obra! Esdras 10:4.

Esdras fue consciente de que volvían a los mismos pecados de siempre. El pueblo estaba coqueteando con una mentalidad híbrida entre seguir a Jehová o a otros dioses. En ese proceso, habían comenzado a desdibujar las estructuras familiares y retornaban a los vicios de antes. Buen conocedor de la historia y de cómo las veleidades del pasado los habían llevado al exilio y a la dispersión, se sintió desanimado. Él mismo dice: “Cuando oí esto, rasgué mi vestido y mi manto, me arranqué pelo de mi cabeza y de mi barba, y me senté angustiado en extremo” (Esd. 9:3). En su desaliento, se acerca a Dios por medio de una plegaria de intercesión. Rodeado del pueblo, reconoce sus pecados, los de su gente y ruega por el perdón.

No hay mejor medio para vaciar el alma de culpas, preocupaciones y desalientos que orar a Dios pidiendo perdón. Reconocer las culpas es abrir el canal de la misericordia que habilita el corazón para ser ensanchado por el Espíritu. El pecado y el Espíritu no pueden convivir. Pedir perdón es la actitud que inicia el cambio.

¡Cómo sería la oración de Esdras, que conmovió los corazones de los que le escucharon! Dice Esdras 10:1: “Mientras oraba Esdras y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se reunió en torno a él una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños; y el pueblo lloraba amargamente”. Es una escena impresionante. El anhelo del escriba fue contagioso. Tanto hombres como mujeres, e incluso niños, comprendieron su proceder y se arrepintieron. Fue el inicio de una de las mayores reformas realizadas en el pueblo de Dios. Un corazón compungido cambió el destino de una nación.

Pero la historia no acaba ahí. A un corazón compungido le debe seguir un corazón activo, deseoso de acción, un corazón grande. Secanías, uno de los líderes del grupo, reconoce la culpa, propone un plan y anima a Esdras. No se puede vivir solo de lamentos, hay que actuar. Y, como buen gestor de personas, le dice: “Levántate, porque esta es tu obligación, y nosotros estaremos contigo. ¡Anímate y pon manos a la obra!” Primero le pide que se anime. Ya no hay razón para el desaliento porque todos están arrepentidos. Segundo, lo insta a trabajar. Me fascina ese “manos a la obra”, porque los labios deben dejar de hablar para que lo hagan las manos.

¿Te has equivocado? Pide perdón a Dios y arrepiéntete. Después, abandona la culpa y… ¡manos a la obra!

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