
«No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar» (Rom. 12:2, NTV)
Justo antes de finalizar la redacción de este libro, me di cuenta de un problema bastante curioso. Mientras organizaba mis artículos de higiene personal, noté que mi champú y mi acondicionador para el cabello son de una marca que no se encuentra en los supermercados. Lo mismo ocurre con las navajas que utilizo para afeitarme. Además, algunos de mis polos, la alfombra que está en la entrada de mi casa, la proteína que consumo después de ir al gimnasio, mi desodorante, mi jabón de baño y muchos otros productos también pertenecen a marcas no convencionales.
Ahora bien, si esas marcas no las venden en los supermercados, ¿dónde compré esos productos? Lo hice directamente con el fabricante. El «problema» es que compré todos esos artículos por sugerencia del algoritmo publicitario de Instagram.
Aquel día aprendí cuánta influencia una red social puede ejercer en mi vida. El algoritmo tiene la capacidad de presentarme opciones que no pude resistir. Me conoce tanto que ya sabe qué tipo de ropa uso y qué navajas de afeitar me pueden llamar la atención.
Aunque en la Biblia no aparece la palabra «algoritmo», los autores inspirados aludieron a un concepto muy similar. En el Nuevo Testamento, Juan, Santiago y Pablo presentan que solo existen dos conjuntos de valores que pueden regir nuestra vida y nuestra conducta: Dios y «el mundo». Y solo uno de ambos puede ocupar el asiento del conductor en nuestra mente. Por eso Juan nos advierte que no hemos de amar «al mundo, ni lo que hay en el mundo» (1 Juan 2:15), pues «la amistad con el mundo es enemistad con Dios» (Santiago 4:4).
Permitir que «el mundo» controle nuestras acciones y pensamientos es mucho más peligroso que sucumbir a todas las sugerencias del algoritmo de Instagram. Aunque las redes sociales pueden llevarnos a compras compulsivas y poner en riesgo nuestra estabilidad financiera, seguir los deseos de este mundo
inevitablemente conduce a la muerte eterna (ver Rom. 6:23). Por eso, en el versículo de hoy, Pablo nos insta a no conformarnos con este mundo, a no permitir que el pecado tome el control de nuestras vidas, sino a experimentar una transformación interna, cambiando nuestra mentalidad para así transformar nuestra manera de vivir.

