Matutina para Jóvenes | Miércoles 21 de Junio de 2023 | Penélope

Penélope

Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Santiago 5:7.

Homero escribió dos obras que se hicieron muy famosas en la antigüedad, tanto que se las empleaba como modelo para escribir nuevos textos. Una de ellas es la Odisea y trata sobre las aventuras y las desventuras del viaje de Ulises. Ulises (también llamado Odiseo) era rey de Ítaca y estaba casado con Penélope. Decidió unirse a la guerra de Troya y dejó a su esposa con el anhelo de volver pronto. Pero la ausencia duró veinte años. Y veinte años esperó Penélope a su amado. Para entretener a sus pretendientes, prometió que cuando acabara un sudario que estaba tejiendo daría por fallecido a su esposo y se casaría con uno de ellos. Durante el día tejía y, por la noche, deshacía lo tejido. Cuenta el relato que un día, por fin, volvió su esposo y su paciente espera fue recompensada. Así, Penélope se convirtió en el ejemplo de la paciencia en la espera y, hasta hoy, se canta su fidelidad.

¿Cuál es el secreto de que Penélope esperara tantos años? Dicen los especialistas del relato que la primera de las virtudes fue asegurar la memoria. Es difícil mantener los recuerdos de los amados en la distancia, y solo con una mención continuada de las experiencias comunes se puede conseguir. Penélope, además, se mantuvo pura. Perpetuó la fuerza de su relación por encima de emociones o intereses porque amaba a su marido. Al final, ella teje un sudario, pero no es el de su marido porque tiene la esperanza de que esté vivo y regrese.

Nosotros también somos como Penélope, personas que esperan con paciencia la venida de Jesús. Y podemos aprender de su relato tres de las características que nos mantendrán firmes en los momentos de duda o impaciencia. Primero, conservar la memoria sobre Jesús. La memoria transmitida en la Biblia y la memoria heredada por los que nos precedieron en la fe. E, incluso, la memoria personal, la de todos aquellos momentos que hemos sentido que participaba de nuestra existencia. Segundo, no contaminarnos con lo que no fortalece nuestra identidad. Hemos de vivir en este mundo, procurar el bien de los demás pero seguir siendo quienes somos porque, con ello, reflejamos algo de Jesús. Esa pureza es fácil si amamos a Dios.

Por último, hemos de tejer el tiempo con la esperanza. Sabemos que Cristo está vivo y que vuelve. Solo mantente, como dijo Benjamín Disraeli: “Todo llega si uno, simplemente, espera”.

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