Sábado 10 de Septiembre de 2022 | Matutina para Adolescentes | El lamento de Nathan Hale

El lamento de Nathan Hale

“Nadie puede quitarme la vida sino que yo la entrego voluntariamente en sacrificio. Pues tengo la autoridad para entregarla cuando quiera y también para volver a tomarla. Esto es lo que ordenó mi Padre” (Juan 10:18, NTV).

¿Te has preguntado alguna vez cómo sería ser un espía? Creo que el espionaje tiene malas connotaciones para los cristianos. ¿Es posible espiar sin vivir una mentira? Pensemos en el espionaje y en todo lo que esa profesión significa. Los espías pueden terminar matando, o proporcionando pruebas que conducen a la muerte de un enemigo. Desde luego, no es el papel glamoroso que las películas presentan. Si espías para tu país, se te considera un héroe. Si espías para el otro bando, ¡eres un traidor!

A lo largo de la historia de los Estados Unidos, ha habido muchos espías, y el capitán Nathan Hale fue uno de ellos. El 10 de septiembre de 1776, el general George Washington pidió un voluntario para una misión extremadamente peligrosa: espiar para el Ejército Continental en preparación para la próxima batalla de Harlem Heights. Nathan hizo lo que haría cualquier soldado valiente durante la Guerra de Independencia. Se ofreció como voluntario para el trabajo y se convirtió en uno de los primeros espías estadounidenses en operar tras líneas enemigas británicas. Disfrazado de maestro de escuela holandés, consiguió reunir información sobre los movimientos de las tropas británicas. Desgraciadamente, Hale fue capturado mientras intentaba cruzar hacia el territorio controlado por los estadounidenses. Cuando los oficiales británicos encontraron pruebas incriminatorias en él, supieron que era un espía y lo ejecutaron.

Hoy en día, Nathan Hale sigue siendo un héroe nacional porque estuvo dispuesto a dar su vida para que los Estados Unidos pudieran liberarse del colonialismo. Luchó y murió por su joven país, a fin de que pudiera haber libertad de reunión, libertad de expresión y libertad para adorar a Dios. Se cuenta que, antes de su muerte, les dijo a sus captores: “Lamento tener solo una vida para dar por mi país”.

Hace mucho tiempo, Jesús vino a este mundo en una misión de misericordia. No era un espía, pero sabía que moriría: daría su vida por los errores que otros habían cometido. Para cumplir su misión, tendría que morir por los pecados de cada persona que hubiera vivido. Sus famosas palabras aún resuenan con fuerza y claridad casi dos mil años después. “Nadie puede quitarme la vida sino que yo la entrego voluntariamente”.

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