Sábado 18 de Febrero de 2023 | Matutina para Jóvenes | Y si no…

Y si no…

Y si no, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. Daniel 3:18.

Era algo menor en altura que el Cristo Redentor de Río de Janeiro, pero no dejaba de ser impresionante. Allí, en la explanada de Dura, se erigía la estatua dedicada a Nabucodonosor. Desafiando la autoridad divina, era completamente de oro, puesto que el rey pensaba no solo que él era divino sino que tenía un imperio imperecedero. Se había convocado a todos para someterse ante la autoridad suprema. Allí se encontraban los protectores del imperio, los sátrapas con sus barbas plisadas y sus túnicas con flecos. Las autoridades militares o prefectos, con sus brillantes armaduras de metal. Los gobernadores civiles, los oidores o consejeros de gobierno. Los superintendentes del tesoro público, con sus ínfulas y tensiones palaciegas. También los acompañaban los señores de la ley, jueces y magistrados. Era lo más granado del imperio en una convocatoria espectacular que tenía como objetivo adorar al rey.

La consigna era bien sencilla: al son de la música, todos se arrodillarían. Eran miles y, la mayoría, ya estaban acostumbrados a eso de inclinarse. ¡Lo habían hecho tantas veces para llegar adonde estaban! Sonaron los instrumentos y, con mayor o menor dinamismo, todos se postraron. Bueno, casi todos… ¡Qué momento! Multitudes con la cabeza agachada y mirando hacia el suelo, y tres individuos de pie. Eso, sin lugar a dudas, es dar la nota. No había manera de pasar desapercibido.

Imagina a Nabucodonosor, henchido de orgullo por aquel acto de grandiosidad, que observa, allá a lo lejos, a esos tres judíos de pie. Se había pensado en esta posibilidad y, por eso, el horno estaba preparado, pero ¿quién iba a ser tan inconsciente? Pues sí, eso suele suceder cuando alguien intenta ponerse en lugar de Dios, que otra gente le recuerda que es simplemente humano. Y Sadrac, Mesac y Abed-Nego dieron testimonio de su creencia, de su fe. Tenían la certeza de que Jehová los libraría de aquel trance y actuaron en consecuencia. Aunque, y he aquí la grandeza de su testimonio, si las cosas no salían como pensaban, continuarían adorando al único Dios.

Fueron librados del horno, pero ¿y si no hubiese sido así? “Y si no…” nos habla de una fe más allá de los intereses personales, del final feliz, de la religión como transacción. Es la verdadera fe, la que sigue adelante a pesar de los pesares. Hay religión por interés y hay religión por relación. Sadrac, Mesac y Abed-Nego amaban tanto a Dios que jamás le hubiesen sido infieles, aunque les hubiese ido muy mal. Y tú, ¿procederías así?

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