Sábado 25 de Febrero de 2023 | Matutina para Adultos | “No borraré su nombre del libro de la vida”

“No borraré su nombre del libro de la vida”

“El vencedor será vestido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles” (Apocalipsis 3:5).

A golpe de cincel y martillo, los sacerdotes de Tutmosis III comenzaron el damnatio memoriae, un ritual que literalmente sentenciaba a una persona a no haber existido nunca. La faraona Hatshepsut (para muchos la hija del faraón que adoptó a Moisés), considerada como una excelente reina, había ordenado la construcción de un templo mortuorio en el Valle de los Reyes, en Tebas, a fin de perpetuar su nombre en la memoria y en los monumentos de su nación. Sin embargo, Tutmosis III la condenó a que su nombre e imagen fueran borradas de todos los monumentos egipcios. La misma sentencia se le dio a Djehuty, que era el escriba real de Hatshepsut. Pero el ritual iba más allá de los daños provocados con el cincel; lo que subyacía detrás de tan extraña práctica era la eliminación de todo rastro de existencia terrenal y bloquear al individuo el camino a la vida eterna. Si el nombre y la imagen quedaban borrados en la tierra, no habría para ellos una eternidad gloriosa. Esa era la creencia de la antigua cultura egipcia.

Mientras los monarcas egipcios se empeñaban en mantener su nombre e imagen en magníficos monumentos funerarios, nosotros, la gente común, aquellos cuyos nombres no llegarán a quedar grabados en las placas de bronce o de mármol de alguna obra importante, podemos aferrarnos a una promesa maravillosa: “El vencedor será vestido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles” (Apoc. 3:5).

Hay dos elementos que hemos de destacar en este pasaje. Primero, nuestros nombres están inscritos en el libro de la vida. Jesús dijo que debemos regocijarnos de que nuestros nombres “están escritos en los cielos” (Luc. 10:20). Segundo, no hay cincel ni martillo humanos que puedan erradicar el nombre de un creyente del libro celestial. El único que puede borrar nuestro nombre de allí es aquel que murió precisamente para que nunca sea borrado. Su promesa es inalterable: “No borraré su nombre del libro de la vida”. En el texto griego de Apocalipsis 3:5, Juan usó dos adverbios de negación; literalmente lo que Jesús dice es que “de ninguna manera borrará nuestro nombre”.

Que este día nos gocemos de formar parte de la “congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (Heb. 12:23).

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