Viernes 14 de Octubre de 2022 | Matutina para Mujeres | Entre la vida y la muerte

Entre la vida y la muerte

“Y se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad” (Núm. 16:48).

Tan solo 24 horas después de que la tierra tragara vivos a Datán y Abiram, durante la rebelión de Coré, el pueblo de Israel volvió a murmurar. La Biblia dice: “El día siguiente, toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón, diciendo: Vosotros habéis dado muerte al pueblo de Jehová” (Núm. 16:41, énfasis agregado). Entonces, Jehová les dijo a Moisés y a Aarón que se apartaran de la congregación, porque iba a destruirla. En lugar de alejarse y pensar solo en salvar sus vidas, Moisés y Aarón intercedieron por los israelitas. La plaga de mortandad ya había comenzado; sin embargo, Aarón corrió y se paró en medio del pueblo armado solo con fe y un incensario. Entonces, la mortandad cesó.

Cuando pienso en esta historia, en el sumo sacerdote corriendo hacia la plaga (en lugar de huir de ella), no puedo evitar ver una imagen de Jesús. Aarón se puso de pie, se erigió como un escudo humano, para proteger a los mismos que habían murmurado contra él. En Spurgeon’s Verse Expositions of the Bible [Exposiciones de Spurgeon sobre versículos de la Biblia], el célebre predicador inglés lo describe así: “Y ahí [estaba] parado Aarón, el mediador, con los brazos extendidos e incensarios que se mecían hacia el cielo, interponiéndose a sí mismo entre los dardos de la muerte y el pueblo”. Así como Aarón, Jesús fue acusado y atacado injustamente. Aunque éramos dignas del castigo, él oró por nosotras y corrió a nuestro rescate. Jesús se paró entre la vida y la muerte con los brazos extendidos para darnos salvación.

Si Aarón —con tan solo un incensario— pudo proteger a un pueblo culpable, terco y rebelde, ¡cuánto más nos protegerá la sangre de Jesús! Cuando el resentimiento, la amargura y el dolor nos impidan perdonar, pidámosle a Jesús que se pare entre la vida y la muerte de nuestro propio corazón. Pidámosle que con sus brazos abiertos frene la plaga que amenaza con destruirnos. Roguémosle que nos dé, por su gracia, la humildad y el poder para perdonar como fuimos perdonadas. No hay resentimiento, por pestilente que sea, que Jesús no pueda detener si se lo pedimos.

Jesús, gracias por correr en mi socorro. Gracias por que tú te paras con los brazos extendidos entre la vida y la muerte de mi corazón, para detener y sanar la pestilencia del resentimiento.

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