Domingo 14 de Agosto de 2022 | Matutina para Adolescentes | Apagados

Apagados

“¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti! Mira, las tinieblas cubren la tierra, y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos. Pero la aurora del Señor brillará sobre ti; ¡sobre ti se manifestará su gloria!” (Isaías 60:1, 2, NVI).

Hoy todos dependemos excesivamente de la electricidad. La utilizamos para las luces, los electrodomésticos, los televisores, los portones de garaje, y casi todo, al parecer, en nuestro mundo moderno. Entonces, ¿qué haríamos si de repente nos quedáramos sin electricidad? Pues bien, algunos tuvimos la oportunidad de averiguarlo el 14 de agosto de 2003, cuando el mayor apagón de la historia de Norteamérica afectó al noreste de Estados Unidos y partes de Canadá. Veintiún centrales eléctricas se apagaron y 50 millones de personas se vieron afectadas, sobre todo las grandes ciudades como Nueva York, ­Cleveland y Detroit. Pasaron más de 24 horas antes de que se pudiera restablecer completamente el suministro eléctrico.

El apagón detuvo trenes y ascensores, y afectó cosas tan simples como el servicio de telefonía móvil. Pero, también fue perjudicial en áreas mucho más serias. En algunos casos, hubo que posponer cirugías en los hospitales y suspender los vuelos en los aeropuertos. En lugares como Nueva York, el tráfico del metro se paralizó durante más de dos horas. Los refri­ge­ra­do­res de los restaurantes se apagaron y la comida se echó a perder. El suministro de agua se interrumpió, y las atracciones de los parques de diversiones se detuvieron, y la gente quedó atrapada en el aire. Se estima que, solo en Nueva York, el costo del apagón fue de más de 500 millones de dólares. Afortunadamente, se cometieron muy pocos crímenes durante ese tiempo.

Al principio se pensó que los terroristas podían ser responsables del apagón, pero no fue así; y aunque el clima caluroso había sobrecargado los sistemas en todas partes, como suele ocurrir en agosto, ese tampoco parecía ser el problema. Nadie pudo precisar las razones exactas por las que las centrales eléctricas se habían apagado, y eso proveyó la oportunidad de examinar los principales defectos de la anticuada red eléctrica. Al final, una cuadrilla localizó el problema en una empresa eléctrica de Ohio, llamada ­FirstEnergy Corporation. Unos grandes árboles habían entrado en contacto con una línea eléctrica, lo que desencadenó una serie de problemas que provocó los apagones en una reacción en cadena.

El incidente nos ha mostrado lo dependientes que somos de la electricidad. Pero, dependemos aun más del poder de Dios. Si no fuera por Dios, la oscuridad espiritual cubriría la Tierra por completo. Nuestro trabajo, como cristianos, es dejar que la luz de Dios brille en nuestra vida. Solo entonces los demás verán el amor de Jesús y llegarán a conocer al Padre celestial.

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