Jueves 29 de Diciembre de 2022 | Matutina para Adultos | Un vínculo que nunca se romperá

Un vínculo que nunca se romperá

“El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

Era el 21 de mayo de 1972. Una multitud se había congregado en la Plaza de San Pedro para escuchar la alocución del Papa cuando, de repente, un hombre se abrió paso a empujones. Sin que los agentes de seguridad pudieran detenerlo, llegó hasta donde se encontraba La Piedad, de Miguel Ángel; sacó de sus ropas un martillo y, mientras gritaba que él era Jesucristo resucitado, la golpeó con furia quince veces. En cuestión de segundos, unos cincuenta fragmentos de mármol habían sido desprendidos de la escultura.

Entonces la pregunta que quedó en el ambiente fue: “¿Podrá esta valiosa obra de arte ser restaurada algún día?” Poco más de un año más tarde, el mundo recibió la respuesta: la famosa escultura fue exhibida de nuevo, protegida por un cristal a prueba de actos vandálicos y completamente restaurada.

Es difícil hablar de la obra que esas manos expertas realizaron sin recordar otra obra de restauración que se llevó a cabo siglos antes: la que nuestro Señor logró en favor de toda la humanidad cuando, en la cruz del Calvario, consumó su victoria sobre el pecado y la muerte. Gracias a esa gloriosa victoria, el divino Escultor trabaja, día tras día, en la restauración de hombres y mujeres que vivían “sin Dios y sin esperanza”.

Solo que hasta aquí llega la comparación entre la obra de restauración de La Piedad y la que Cristo continúa realizando por los pecadores arrepentidos. Por excelente que haya sido la obra de restauración de La Piedad, nunca podrá igualar, mucho menos superar, la obra en su estado original. No ocurre así con la obra de la redención efectuada por Cristo en favor de la humanidad. Leamos por qué:

“Por medio de su vida y su muerte, Cristo logró aun más que recuperar de la ruina lo forjado a través del pecado. Era el propósito de Satanás lograr una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos caído” (El Deseado de todas las gentes, p. 17).

Satanás nos quiso separar de nuestro Creador, pero gracias a la obra redentora de Cristo, ¡ahora estamos más “unidos a Dios que si nunca hubiéramos pecado”! Ahora entiendo mejor lo que el profeta Isaías quiso decir cuando escribió: “Un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado” (Isa. 9:6). ¡El Niño que nació es nuestro, y lo será por siempre!

¡Oh, las cosas que hace Dios!

Padre celestial, te doy gracias porque Jesús, nuestro bendito Salvador, nos pertenece hoy y será nuestro por toda la eternidad. ¡Alabado sea tu nombre!

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