Lunes 19 de Diciembre de 2022 | Matutina para Adultos | “Cruzar el Rubicón”

“Cruzar el Rubicón”

“Otro también le dijo: ‘Señor, yo te seguiré; pero antes déjame despedirme de los que están en mi casa’. Jesús le dijo: ‘Nadie que mire hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios’ ” (Lucas 9:61, 62).

En tiempos del Imperio romano, el río Rubicón servía de frontera entre Italia y la Galia Cisalpina. Por razones de seguridad, el Senado había prohibido a cualquier general cruzar el Rubicón con un ejército en armas. Pero esto fue exactamente lo que en el año 49 a.C. hizo Julio César con sus tropas. Se dice que cuando César llegó hasta la orilla del río, dudó antes de cruzarlo, pero instantes después, diría las famosas palabras: Alea jacta est (“¡La suerte está echada!”). “Pasar el Rubicón”, desde entonces, significa correr grandes riesgos; dar el paso definitivo sin temor a las consecuencias.

Teniendo como telón de fondo este pasaje de la historia, bien podríamos decir que el hombre del cual habla nuestro texto de hoy no se atrevió a “cruzar el Rubicón”. No fue Jesús quien lo llamó; él mismo se ofreció a seguirlo, pero puso una condición: “Antes déjame despedirme de los que están en mi casa”.

¿Qué quiso decir con eso de “despedirme”? De acuerdo con el Comentario bíblico adventista, se trataba de “algo más que un breve regreso a la casa”: “Según la costumbre del Cercano Oriente, podía llevar meses o aun años arreglar los asuntos domésticos”. La respuesta de Jesús fue categórica: “Nadie que mire hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios”. Es decir, es difícil arar surcos rectos para quien esté mirando hacia atrás.

¡Cuán diferente la respuesta de los discípulos cuando el Señor los llamó! Mateo, por ejemplo, “estaba sentado en el banco de los tributos públicos”. El Señor le dijo: “Sígueme”, y “él se levantó y lo siguió” (Mat. 9:9). Cuando, después de una noche de trabajo infructuoso, Jesús llamó a Pedro, Andrés, Jacobo y Juan, para que fueran “pescadores de hombres”, ellos, “dejándolo todo, lo siguieron” (Luc. 5:11).

Recordemos que algunos de estos pescadores tenían familias que sostener. No obstante, en el momento decisivo “cruzaron el Rubicón”. ¿Les faltó alguna vez el sustento, a ellos o a sus familiares? “Nada” (Luc. 22:35, RVC).

Si has “puesto tu mano en el arado”, no mires atrás. Confía en que nada te faltará, pues el que dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, también ha dicho: “No te desampararé ni te dejaré”.

Amado Jesús, tú que llegaste hasta el Calvario sin mirar atrás, ayúdame a mantenerme firme y fiel hasta el final, sin importar el precio que deba pagar.

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