Martes 18 Octubre de 2022 | Matutina para Adultos | De Decápolis, ¿puede salir algo bueno?

De Decápolis, ¿puede salir algo bueno?

“Pasó Jesús de allí y fue junto al Mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Se le acercó mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, mudos, mancos y otros muchos enfermos. Los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó” (Mateo 15:29, 30).

¿De dónde salió toda esa gente de la que habla nuestro texto de hoy? Si leemos el pasaje paralelo en Marcos 7:31, ahí se dice que el Señor Jesús, al regresar de Tiro, “vino por Sidón al Mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis” (Mar. 7:31). Decápolis era una especie de confederación de diez ciudades, habitada mayormente por griegos, donde Jesús había sanado meses antes a dos endemoniados gadarenos (ver Mat. 8:28-34). ¿Podría ser que la misma gente que expulsó a Jesús de sus contornos ahora trajera a sus enfermos para que los sanara?

Lo que más sorprende de este relato es que esa multitud –integrada por unos cuatro mil hombres, más las mujeres y los niños– permaneció durante tres días escuchando las enseñanzas de Jesús. ¿Cómo podían ser tan receptivos a sus enseñanzas?

La explicación está en la obra que los dos endemoniados realizaron después de haber sido sanados por Jesús. El Señor les encargó ir a casa y contar las grandes cosas que Dios había hecho por ellos, con el resultado de que quienes los escucharon “se maravillaron” (Mar. 5:20).

Jesús usó como sus emisarios a dos hombres que habían estado bajo el completo dominio de Satanás. Y ellos cumplieron tan bien su misión que, “cuando Jesús volvió a Decápolis, unos nueve o diez meses más tarde, miles acudieron para verlo y oírlo” (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 593). El resultado fue “que la multitud se maravillaba al ver que los mudos hablaban, los mancos quedaban sanos, los cojos andaban y los ciegos veían. Y glorificaban al Dios de Israel” (Mat. 15:31). Después vendría el milagro de la multiplicación de los siete panes para alimentar a toda esa multitud (ver Mat. 15:32-39; Mar. 8:1-10), pero ya el primer gran milagro se había producido: el milagro de que Dios puede usar para la gloria de su nombre a seres humanos pecadores –no importa cuán bajo hayan caído– ¡incluyéndote a ti y a mí!

Amado Jesús, gracias por el perdón de mis pecados, y sobre todo gracias por el privilegio que das de poder contar a otros las maravillas que has hecho en mi vida.

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