Martes 29 de Marzo de 2022 | Matutina para Adultos | ¡Hijos de Dios!

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¡Hijos de Dios!

“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios, pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’ ” (Romanos 8:14, 15).

Según nuestro texto para hoy, ¿qué maravillosas experiencias viven los que son guiados por el Espíritu? Al menos tres: somos hijos de Dios, ya no necesitamos vivir en temor y podemos llamar a Dios “Padre”.

Ahora bien, ¿cómo puede una persona que ha vivido “conforme a los designios de la carne”, y “en enemistad contra Dios” (ver Rom. 8:7; Sant. 4:4), ser objeto de un trato tan especial cuando se arrepiente y confiesa que Cristo es su Salvador? El apóstol Pablo echa mano de una figura familiar en el Imperio Romano –la adopción– para ilustrar la nueva relación del creyente con Dios.

Según escribe F. F. Bruce, en el siglo I de la Era Cristiana, un hijo adoptivo tenía todos los derechos de un hijo biológico, y “era escogido de una manera deliberada por su padre adoptivo para que perpetuara su nombre y heredara sus bienes materiales” (The Epistle of Paul to the Romans, p. 166). El adoptado pasaba a formar parte de su nueva familia, como hijo legítimo.

Sin embargo, los derechos y privilegios no terminaban ahí. Si en su nueva familia ya había hijos, el adoptado se convertía en coheredero con ellos. Más impresionante aún era el hecho de que la vida pasada del adoptado era “borrada”. Si, por ejemplo, tenía deudas, eran perdonadas.

Lo que el apóstol nos está diciendo aquí es que cuando tú y yo aceptamos a Cristo, de hijos de las tinieblas pasamos a ser hijos de la luz; es decir, con nuestro pasado pecaminoso borrado, con Dios como nuestro Padre, y con derecho a disfrutar de todas las riquezas de Cristo, “nuestro Hermano mayor”. ¿No es esto maravilloso?

Hoy el Espíritu quiere recordarte que, no importa cuán pecadora haya sido tu vida pasada, ahora eres parte de la familia de Dios. ¡Perteneces a él! ¿Por qué seguir entonces viviendo como huérfano? Por otra parte, ¿por qué seguir alimentando temor por aquellas cosas que no puedes controlar? Deja tu vida y todo lo que más amas en las manos de Dios, y con todo el derecho que te da el ser su hijo, su hija, di al igual que Jesús: ¡Abba, Padre!

Gracias, Santo Espíritu, por recordarnos que ya no somos siervos. Ayúdanos a vivir siempre como lo que somos: hijos redimidos por la sangre del Cordero, miembros de la familia de Dios.

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