
Abrir la puerta a Dios
«El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él» (Juan 14: 23).
El vuelo 9525 de la compañía Germanwings del 24 de marzo de 2015 era un vuelo internacional regular de pasajeros operado con un Airbus A320-211. El avión despegó del aeropuerto de Barcelona a las 10:01 de la mañana hacia el aeropuerto Internacional de Düsseldorf con 144 pasajeros, 2 pilotos y 4 miembros de la tripulación.
En pleno vuelo, el primer piloto salió un momento de la cabina, y al volver a ella se encontró con la puerta cerrada por dentro. No pudo abrirla a pesar de sus insistentes llamados.
«¡Por el amor de Dios, abre la puerta!», gritó a su compañero de vuelo, que seguía al mando del avión como segundo piloto. Pero la única respuesta fue el silencio.
El avión se lanzó en pleno descenso, aumentando cada vez más la velocidad, contra el macizo de los Alpes.
Como ratificó la segunda caja negra encontrada, el primer piloto utilizó un hacha metálica para intentar forzar la puerta, que solo podía abrirse por dentro, entre los gritos de pánico de los viajeros y del equipaje.
«¡Dios mío!», fue en varios idiomas el grito desesperado de los pasajeros, que quedó ahogado por la inmensa explosión del avión al estrellarse y desintegrase contra las rocas. El eco del estruendo se perdió en un silencio sin fin en el macizo de Estrop, en los Alpes franceses de Provenza, cerca de la localidad de Barcelonnette.
El copiloto había estrellado el avión para suicidarse, arrastrando a la muerte a las otras 149 personas que iban a bordo.
Este espantoso accidente me hace pensar en Apocalipsis 3: 20: «Yo estoy a la puerta y llamo, si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo».
La metáfora de la puerta del corazón humano, que solo puede abrirse por dentro, nos recuerda que el mayor deseo de Cristo es «hacer morada» en nosotros. Pero debemos dejarle entrar.
Señor, yo también a veces me encierro en mí mismo y quiero pilotar mi vida. Sigue llamando a mi puerta con toda la fuerza que haga falta. No dejes que me estrelle ni que arrastre conmigo, en mi obstinación, a quienes confían en mí.