Matutina para Mujeres, Lunes 03 de Mayo de 2021

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Cómo duele decir adiós

“Secará todas las lágrimas de ellos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Apoc. 21:4).

El duelo es una constante en este mundo pecaminoso en el que nos ha tocado vivir. Frente a una pérdida, entramos en un oscuro túnel de dolor y sufrimiento, casi imposible de evitar. El rompimiento de una relación, la pérdida de un órgano, la pérdida de la salud o la muerte de un ser querido son experiencias devastadoras que, por el simple hecho de estar vivas, nos tocará experimentar en mayor o menor medida. Todo esto es el resultado del pecado; no son los designios de Dios. No hemos sido creados para el do­lor y el sufrimiento; hemos sido creados para ser felices. 

Cuando entramos en una etapa de duelo por causa de un duro aconteci­miento de la vida, nos envuelve una nube de desesperanza y desolación; nos asaltan emociones y sentimientos encontrados con los que no sabemos qué hacer; e incluso llegamos a desarrollar síntomas de enfermedad física, y a cul­par a Dios por el sufrimiento que nos agobia.

Mientras estemos peregrinando por este mundo, debemos saber racional­mente que el duelo formará parte de nuestra existencia. Ahora bien, también debemos saber racionalmente que, en esta travesía, no estamos solas. Dios se conduele de nuestro dolor y está dispuesto a ser nues­tro Consolador por medio de la persona del Espíritu Santo. En este proceso, cual niño que tiene confianza absoluta en sus padres, debemos, aunque sea a tientas, asirnos de la mano de Dios hasta que la luz de la esperanza vuelva a brillar en nuestro camino. 

Frente al duelo, es bueno que tengas presentes los siguientes conceptos: 

  • Superar un duelo no es sinónimo de olvidar lo que nos ha pasado.
  • El tiempo te mostrará la lección que Dios desea enseñarte a través de esa experiencia.
  • Tu corazón herido cicatrizará y volverás a experimentar la alegría. 
  • Las pérdidas no siempre son consecuencia de nuestros actos, y mucho menos un castigo de Dios.

Si hoy tu corazón está en duelo, tienes en Dios al mejor aliado, compañero y consolador. Aférrate a sus promesas, aunque el presente te duela y el fu­turo te parezca incierto. Él sabe lo que te espera al otro lado del dolor. “El llan­to puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría” (Sal. 30:5, LBLA).

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