Matutina para Mujeres | Lunes 15 de Abril de 2024 | ¿Soy discípula de Jesús?

¿Soy discípula de Jesús?

“Venid en pos de mí”. Jesús

Cuando grandes multitudes seguían a Cristo (ver Luc. 14:25), Jesús “les decía: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26, RVR95). Qué radical, ¿verdad? Es difícil entender que el Maestro nos llame a odiar a nuestros seres cercanos o la propia vida que él mismo nos concede. ¿Es ese el nivel de exigencia del discipulado? No exactamente.

Ahí donde leemos “aborrecer”, el texto original tiene la palabra miseo, que significa “amar menos”, “adjudicar menos valor a algo”. ¿Amar menos a quién que a quién? ¿Adjudicar menos valor a qué con respecto a qué? Esas son precisamente las cuestiones a las que Jesús está llamando nuestra atención.

En palabras de hoy, Jesús nos dice en Lucas 14:26 algo así como: “¿Quieres venir en pos de mí? Lo primero es reconsiderar tus prioridades. ¿Quieres ser mi discípula, pero de verdad, no de la boca para afuera? Entonces debe verse, incluso en tus relaciones personales, qué orden de prioridades gobierna tu vida; y en la vida de un discípulo mío, yo soy el centro”. Sobre esa supremacía de Jesús en nuestra mente y en nuestro corazón es que debemos construir nuestras relaciones personales.

¿Honrar a padre y madre? ¡Por supuesto! En función de mi amor a Cristo. ¿Tener amigos? ¡Claro que sí! Como un ministerio para ganar almas para Cristo. Eso es el discipulado. ¿Aborrecer? No exactamente, sino dar a Cristo el primer lugar y, después, organizar todos mis afectos en función de esta convicción.

Tomando como referencia el pasaje paralelo de Mateo 10:37, resulta más claro el mensaje de Jesús: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”. Esta es una de las maneras en que confesamos a Cristo delante de los hombres: mostrando, en nuestra manera de vivir, de hablar y de relacionarnos, que él es lo que nos mueve.

El costo del discipulado sí es radical, pero no porque nos llame a odiar sino porque nos llama a amar de una manera diferente. Nos llama a amar teniendo a Cristo como filtro de ese amor. El filtro no soy yo; el filtro no es el otro; el filtro es Cristo.

Bienvenida al discipulado.

“Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26, RVR95).

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