Matutina para Mujeres, Martes 18 de Mayo de 2021

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Un barco llamado Amén

“Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ‘¡Señor, sálvame!’ Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo” (Mat. 14:29-31, RVR 95).

Quien ha vivido un naufragio se refiere a esa experiencia como algo aterrador. Hace poco escuché el testimonio de dos jóvenes que es­tuvieron perdidos en mar abierto por varias horas. Tyler y Heather eran dos adolescentes que estudiaban en la misma escuela cristiana. Ellos cuentan que se encontraban nadando en una playa de Florida, en los Esta­dos Unidos, cuando una corriente inesperada los llevó mar adentro. A punto de desfallecer, abrazados y decididos a morir juntos, elevaron una última ora­ción: “Señor, si realmente tienes un plan para nosotros, danos una señal”. De pronto, los tripulantes de una pequeña embarcación escucharon un grito de­sesperado, se dirigieron al lugar de donde este provenía y pudieron salvar a los jóvenes que, entre lágrimas y risas, les relataban lo ocurrido.

El dueño de la embarcación miró hacia el costado de la nave y leyó su nombre: “Amén”. Aunque pensaba cambiarle el nombre, ese día decidió no hacerlo, para recor­dar el milagro ocurrido en medio del fiero mar. 

Más de uno ha sufrido una experiencia similar, quizá no en las aguas del océano sino en el fiero mar de la vida. Un mar de problemas nos inunda y nos sentimos perdidas: situaciones familiares que atormentan el espíritu, un di­vorcio que no parece tener remedio, un hijo perdido en la concupiscencia de la promiscuidad o una enfermedad que no tiene cura… Cada una de estas situaciones nos lleva a pensar que todo está perdido y que Dios no escucha nuestro clamor. Recordemos que nuestra salvación viene de Cristo Jesús; él es el capitán y timonel de nuestra embarcación y él nos salvará, llevándonos a puerto seguro. 

No dejemos de clamar ni de pedir humildemente el cumplimiento de las promesas de Dios en nuestra vida. Aferrémonos a su mano como quien avanza por la vida mirando lo que no vemos, escuchando su voz aunque no la escuchemos audiblemente y sintiendo su presencia aunque no la poda­mos ver con los ojos físicos. Todo eso se llama fe.

No nos aferremos de nues­tra propia razón; apelemos a la gracia, a la misericordia y a la bondad de un Dios que nos escucha y que está listo para socorrernos y salvarnos sin im­portar cuán inundada de desesperanza te encuentres.

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