Miércoles 09 de Marzo de 2022 | Matutina para Adolescentes | Motín del Amistad

Motín del Amistad

“Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32, NVI).

En este día de 1841, la Corte Suprema de los Estados Unidos liberó un cargamento de esclavos de un barco que había sido capturado ilegalmente en África y desviado a Cuba. Esta es una historia inusual en las páginas de la historia estadounidense.

Todo comenzó dos años antes, a bordo de un barco de esclavos llamado Amistad, que navegaba hacia el oeste, hacia una plantación de azúcar en el Caribe. Durante el corto viaje de un puerto a otro de Cuba, uno de los esclavos, un africano llamado Cinque, se liberó a sí mismo y a los demás esclavos de sus cadenas, y luego planeó un motín. El 2 de julio, durante una tormenta en el mar, los africanos se alzaron contra sus captores con cuchillos de caña que encontraron en la bodega del barco. Mataron al capitán del barco y a varios miembros de la tripulación, y encadenaron a los dos negreros cubanos que estaban a bordo. Cinque ordenó al resto de la tripulación cubana que navegaran con el Amistad hacia el este, de vuelta a África; pero, por la noche, los cubanos giraron el barco hacia el norte, hacia aguas estadounidenses. El Amistad vagó de un lado a otro en el mar durante casi dos meses, hasta que un barco de la marina estadounidense lo capturó frente a la costa de Long Island y lo escoltó hasta ­Connecticut. Los traficantes de esclavos fueron liberados, pero los africanos fueron encarcelados mientras esperaban una audiencia judicial sobre la revuelta. La historia del motín del Amistad tuvo mucha publicidad en los periódicos de la época. Cinque, al que sus nuevos amigos estadounidenses enseñaron inglés, pudo testificar a su favor. Finalmente, los abolicionistas, liderados por John Quincy Adams, un expresidente de los Estados Unidos, lograron convencer a la Corte Suprema de que los esclavos merecían su libertad.

Todos hemos sido capturados por Satanás y encadenados a vidas de pecado; y a veces, parece que las probabilidades de obtener nuestra libertad son casi nulas. Podemos desear hacer el bien, pero nuestra naturaleza humana es débil y, constantemente, nos acordamos de las cadenas que sujetan nuestras manos y pies. El diablo no solo nos tienta a pecar, sino que nos acusa ante el Padre en el cielo, afirmando que no merecemos ser libres. Temblamos pensando que, tal vez, el enemigo tiene razón, que no merecemos la libertad. Pero Jesús señala sus propias manos y pies, que fueron calvados a esa cruz empapada de sangre.

El enemigo tiene que huir a la vista de los símbolos de la libertad que Jesús ya ha ganado para nosotros. La detención, la muerte y la resurrección de Cristo realmente nos liberan.

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