Sábado 03 de Diciembre de 2022 | Matutina para Adultos | El Señor conoce a los suyos

El Señor conoce a los suyos

“El fundamento de Dios está firme, y tiene este sello: ‘El Señor conoce a los que son suyos’ ” (2 Timoteo 2:19, RVC).

Imagina que quisiéramos elaborar una lista con los nombres de los que son “verdaderos cristianos” en nuestras iglesias. ¿Cómo procederíamos? Es decir, ¿cómo nos arreglaríamos para decidir quiénes califican como cristianos genuinos?

Con estas palabras inició Joseph Parker, el renombrado predicador londinense de finales del siglo XIX, uno de sus poderosos sermones, predicado el jueves 14 de junio de 1900. Sin esperar la respuesta de la congregación, él mismo respondió: “¿Hacer una lista de cristianos? Solamente una mano podría escribir esos nombres en el registro [de la iglesia] y esa es la mano de Dios”. Para ilustrar lo que quería decir, Parker citó ejemplos de personajes bíblicos a quienes ningún ser humano, ni siquiera en sueños, habría incluido entre los candidatos al reino de los cielos: “¿Quién puede contar el rebaño de Dios? –preguntó Parker–. Déjenme ver esa lista. ¿Está ahí el nombre Natanael? No está. ¿Está el nombre de Zaqueo? Tampoco. Pues háganla de nuevo y cuenten mejor esta vez”. Ya el lector puede imaginar el resto del sermón. ¿Está en la lista el nombre de Nicodemo? ¿Están los nombres de Lázaro, María y Marta? “Si no están sus nombres, rompan su lista y dejen que sea Dios quien la escriba” (Pulpits Legends, p. 573).

¿A quiénes habríamos incluido nosotros? ¿A Pedro, el impulsivo pescador? ¿Habríamos incluido a Juan y a Santiago, los hijos del trueno? ¿A Saulo de Tarso, el celoso perseguidor de los cristianos? ¿Al ciego Bartimeo? ¿Al endemoniado de Gadara? ¿Al centurión romano? La lista es interminable. De hecho, todavía se está escribiendo hoy. Lo bueno de todo es que es Dios quien la escribe porque, mientras nosotros nos fijamos en las apariencias, él se fija en el corazón.

Y ahora te pregunto: ¿Puede alguien sugerir una mejor manera para comenzar este nuevo día? Difícilmente, porque no importa cuán oscuro haya sido nuestro pasado; no importa lo que digan las apariencias, o lo que diga la gente, ¡tú y yo estamos en la lista de Dios! Esa es la lista de todos aquellos por quienes su amado Hijo murió.

Gracias, Padre, porque me conoces por nombre, y porque a pesar de mi indignidad, la sangre de Cristo me ha perdonado. Por sobre todo, te doy gracias porque mi nombre –¡Quién lo podría creer!– está inscrito en el libro de la vida del Cordero.

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