Domingo 08 de Mayo de 2022 | Matutina para Adultos | ¿Por qué amas a Cristo?

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¿Por qué amas a Cristo?

“Ciertamente, el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmo 23:6).

Uno de los primeros cantos que aprendí cuando comencé a asistir a la iglesia, preguntaba: “¿Amigo, amas a Cristo?” ¿Lo recuerdas? Si la respuesta era afirmativa, se escuchaba la segunda pregunta: “¿Y por qué tú lo amas”? Entonces el interrogado respondía: “Yo amo a Cristo porque primero él me amó a mí”. Recordé este antiguo canto mientras leía el testimonio del conocido autor John Stott sobre su conversión. Dice él que llegó a ser cristiano no por la influencia de sus padres, ni la de sus maestros; ni siquiera por su decisión personal de seguir a Cristo. Su conversión –dice él– se debió a que el mismo Señor Jesús lo “persiguió” de manera implacable, mientras él trataba de huir de la influencia divina. Dice Stott que, de no haber sido por esa incesante y, a la vez, amante búsqueda, su vida se habría contado entre los escombros de los relegados al olvido (Why I Am a Christian, p. 14).

Por momentos me pareció que Stott hablaba de mí. ¡Eso es exactamente lo que hiciste conmigo, Señor!, pensé. Pero, a decir verdad, ¿no es eso lo que también Dios ha hecho con cada ser humano que ha nacido en este mundo? ¿Quién puede decir que, por iniciativa propia, ha buscado al Señor? ¿No es acaso su benignidad la que nos guía al arrepentimiento (Rom. 2:4)?

Es en este punto donde conviene mencionar un detalle muy pertinente de nuestro versículo para hoy. Según el mismo Stott, cuando el salmista dice que “el bien y la misericordia lo seguirán…”, lo que la palabra hebrea traducida como “seguir” está diciendo es que “el bien y la misericordia lo han perseguido”, “lo han acosado”, todos los días de su vida (ibíd., p. 16).

¡Qué interesante! Cuando tú y yo decimos que encontramos al Señor Jesús, ¿en realidad quién estaba buscando a quién? ¡Fue él quien nos buscó, con la misma persistencia del pastor que no descansa hasta rescatar a la ovejita extraviada! ¡Fue él quien nos encontró! Y si hoy lo amamos, es porque “él nos amó primero”.

¿Seguiremos huyendo de ese amor que no da treguas, de ese amor que no se da por vencido? ¿O, finalmente, nos dejaremos alcanzar?

Gracias, Padre, porque tu amor me ha “perseguido” todos los días de mi vida, y por haber persistido en alcanzarme, a pesar de mis desprecios y rebeliones. Anhelo el día cuando tu amado Hijo venga en su gloria, para morar contigo y alabar tu nombre por toda la eternidad.

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