Lunes 06 de Junio de 2022 | Matutina para Adultos | Imitadores de Dios

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Imitadores de Dios

“¡La fidelidad del Señor permanece para siempre!” (Salmo 117:2, RVC).

¿Cuándo nos parecemos más a Dios, en lo que se refiere a nuestra manera de proceder? Pues nos parecemos a Dios cuando amamos sin poner condiciones; cuando perdonamos; cuando servimos a nuestro prójimo; cuando damos sin esperar nada a cambio… La lista es, obviamente, inagotable, pero estaría incompleta sin esta otra característica: imitamos a Dios cuando cumplimos nuestras promesas. Según Lewis Smedes, nunca nos parecemos más a Dios que cuando cumplimos nuestros votos de amor y fidelidad a quienes amamos (Caring & Commitment, p. 148).

Interesante, ¿no es cierto? Aunque la afirmación de Smedes es debatible, nadie puede negar que imitamos a Dios cada vez que honramos nuestras promesas, pues probablemente no hay aspecto del carácter de Dios que destaquen más las Escrituras que su fidelidad (ver Deut. 7:9). Este hecho lo ilustra bien un relato en el que Cynthia Covey habla del día más feliz de su vida (The 7 Habits of Highly Effective Families, p. 57). Dice ella que tenía doce años cuando su padre, el autor Stephen Covey, le prometió que la llevaría en un viaje de negocios a San Francisco. Durante tres meses padre e hija planificaron al detalle todo lo que harían: visitar el barrio chino, comer juntos, pasear en trolebús, ver películas y comer helados.

Cuando el ansiado día llegó, Cynthia se moría de la emoción. Pero entonces se presentó un problema: su padre llegó al hotel acompañado de un influyente hombre de negocios, quien insistió en llevarlos a pasear y a cenar juntos. A todo esto, Cynthia observaba cómo este hombre insistía para que su padre aceptara. Cuando todo parecía indicar que el soñado paseo se derrumbaría, su padre interrumpió:

–Oye, Bill –dijo–, agradezco mucho tu gentileza, pero este es un momento especial que quiero pasar con mi muchacha. Ella y yo tenemos un paseo cuidadosamente planificado.

Cuenta Cynthia que el paseo se realizó de acuerdo a lo planificado hasta el más mínimo detalle. “No creo que ese día”, escribió ella, “alguien haya amado más a su padre de lo que yo amé al mío”.

Este es un buen día para pedir a Dios que nos ayude a cumplir nuestras promesas de fidelidad a nuestros seres queridos; y para pedirle que nos ayude a parecernos cada vez más a él. ¿Puede haber un deseo más elevado? ¿Una aspiración más noble?

Santo Espíritu, mora en mí, y hazme cada vez más semejante al Señor Jesús. Quiero ser fiel, no solo a mis seres queridos, sino especialmente a mi Salvador.

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