Matutina para Adultos, Sábado 12 de Junio de 2021

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Lo que yo no puedo hacer

“Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito” (Gálatas 2:1).

En el capítulo 2 del libro de Gálatas, Pablo se refiere a un viaje a Jerusalén. El apóstol nos cuenta que Tito no era circuncidado y que había ciertas divergencias con Pedro. Finalmente, afirma que los justificados no viven en pecado.

Pablo explica que no existen dos evangelios diferentes, uno para los circuncidados y otro para los no circuncidados. Como Pablo presenta en los capítulos 3 y 4, tanto judíos como gentiles son salvos por la fe, y no por las obras de la Ley. El mensaje para ambos grupos era el mismo, solo difería la condición anterior de aquellos a quienes se les dio el mensaje.

Nos encontramos con un Pablo que resistió a Pedro, porque este se había vuelto reprensible. ¿Qué había ocurrido? Ya se había tomado una decisión acerca de las ceremonias. Pablo, como apóstol, justifica su argumento de no exigir que los gentiles fueran sometidos a las prácticas legalistas judías. Pablo, Bernabé y otros dos hermanos fueron elegidos para llevar la decisión del concilio a Antioquía. Por el hecho de que Pedro haya sido favorable a la decisión y, sin duda, haber concordado con ella, difícilmente se podría decir que había una controversia entre él y Pablo. Ellos estaban de acuerdo, por lo menos, sobre los principios generales. Esta decisión clara e inequívoca fue la base de la reprensión de Pablo a Pedro.

El modo de actuar de Pedro, Bernabé y de otros judíos conversos causaba confusión y división en la iglesia. La reprensión fue pública porque la ofensa fue pública. Todos, o casi todos, estaban involucrados. Posteriormente, Pablo escribió a Timoteo, afirmando que una reprensión pública para el pecado manifiesto públicamente es eficaz para disuadir a otros de seguir el mismo camino. Pero debemos tener en cuenta algo muy importante: quien está reprendiendo no es cualquier persona sino el apóstol Pablo, que no es un crítico profesional, sino un misionero comprometido con la causa del evangelio.

Y ¿cuál fue la actitud de Pedro? Él comprendió su propio error y no hizo ningún intento de justificarse ni de excusarse. Esta reacción concuerda con lo que se esperaría de Pedro después de su gran confesión. Ella lo distingue como un hombre de noble estatura espiritual.

El verdadero evangelio impacta tanto a los oyentes como a los hablantes, a las ovejas como a los pastores. La predicación de Pablo fue también el gran tema de la Reforma. Elena de White lo resume así: “¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que este no puede hacer por sí mismo” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 456).

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