
Tú también eres un hijo amado
«Y se oyó una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”» (Mateo 3: 17).
El doctor N. estaba estudiando la Biblia conmigo cuando presenció por primera vez un bautismo por inmersión. Era el bautismo de una amiga común que trabajaba en un importante organismo en la ciudad de Ginebra, un evento al que asistieron numerosos funcionarios de ese y otros organismos internacionales. Me impresionó la comprensión personal que este profesor japonés sacó del evento… aplicando lo que había leído acerca del bautismo de Jesús, comentó, refiriéndose a nuestra amiga: «Ahora, la paloma está en su hombro, y la voz del cielo le dice: “Tú también eres mi hija amada. Estoy muy contento de ti”».
Hermosa percepción de lo que implica el bautismo.
El de Jesús, sin duda a un nivel diferente del nuestro, fue también un acontecimiento decisivo en su vida. En la intención de aquel rito iniciático no había nada de mágico ni de sacramental. El lugar era importante: por ese punto fronterizo los israelitas habían cruzado el Jordán para entrar en la tierra prometida. Esa travesía marcaba de manera muy gráfica el paso del deambular por el desierto a la entrada en la tierra prometida. Ese pasar a través del agua marcaba la ruptura con el pasado y el inicio de una nueva vida.
Cuando se trata de decisiones importantes que transforman nuestra existencia, Dios sabe que las puras ideas no nos bastan. Los seres humanos necesitamos gestos concretos que apelen no solo a nuestra inteligencia, o a nuestra memoria, sino también a nuestros sentidos, gestos que nos ayuden a experimentar una vivencia que incluya todo nuestro ser. Necesitamos vivir algo que quede grabado en nuestra memoria corporal, para siempre. Y eso es lo que intenta conseguir el bautismo bíblico.
Porque ¿cómo simbolizar mejor un nuevo nacimiento que con un bautismo por inmersión? (ver Juan 3: 5-7). No hay acontecimiento más fundacional para el ser humano que el nacimiento. El bautizado surge a una vida nueva desde el seno del agua. ¿Cómo simbolizar a la vez nuestra muerte al pasado y nuestra resurrección a una nueva vida? (ver Rom. 6: 3-4). Unido espiritualmente a Cristo, el bautizado así deja sepultada —simbólicamente— en esa tumba líquida su vida anterior y emerge a una existencia distinta, como un ser nuevo. Así sella un nuevo pacto con Dios (ver Col. 2: 11-12), y se compromete a iniciar con él una nueva andadura (ver 1 Ped. 3: 21).
El doctor N. había entendido además algo muy importante: al aceptar ese baño purificador, nos entregamos en los brazos de Dios, como hijos pródigos que regresan al hogar.
Señor, ¡qué privilegio ser tu hijo amado! Deseo que tú también estés contento de mí.