Matutina para Mujeres, Domingo 01 de Agosto de 2021

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Como la hierba marchita

“Mi corazón está decaído como la hierba marchita; ¡ni aun deseos tengo de comer!”

(Salmo 102:4).

Es difícil, para quien no lo ha experimentado, entender el estado de ánimo del salmista, cuando expresó: “Mi corazón está decaído como la hierba marchita; ¡ni aun deseos tengo de comer!” (Sal. 102:4). En tér­minos actuales, resulta obvio que está hablando de un cuadro de depre­sión profunda. Entre los síntomas de la depresión profunda se encuentran la tristeza, la melancolía y el desinterés, así como la pérdida total del apetito. Algunas décadas atrás, este era un estado más frecuente en adultos; hoy, sin embargo, la de­presión es nombrada a veces como “la enfermedad de nuestros días”. Catalo­gada como enfermedad mental, la depresión no entiende de edades. 

Cuando esta enfermedad es diagnosticada, se prescribe atención psico­lógica inmediata. Las presiones de la vida moderna, la falta de tiempo, la po­larización de las relaciones interpersonales, la competitividad o el consumismo son algunas de las razones que provocan estrés y, finalmente, cuando la energía física y emocional se acaba, conllevan estados depresivos. Nosotras, las mujeres cristianas, no podemos ser ajenas a esta realidad, así como tampoco estamos exentas de que nos afec­te directamente.

Todos los seres humanos somos vulnerables; nadie está libre de la angus­tia y la ansiedad que genera la vida hoy y que, en ocasiones, nos hacen caer en estados depresivos. Dios nos advierte a través de su Palabra que, en el tiempo final de la historia de este mundo, vendrán toda clase de calamidades. Sin embargo, en medio de tanta turbulencia existencial, las promesas del Señor se hacen más fuertes: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Ped. 5:7).

En cuanto a nuestros hijos, es necesario que con cuidado amoroso los vi­gilemos, pues su sintomatología es diferente a la de los adultos. Pongamos atención a posibles cambios repentinos de conducta, como un bajón en el ren­dimiento escolar, apatía, llanto frecuente sin aparente razón, cansancio o falta de apetito. Los niños son nuestro especial tesoro y Dios los ha puesto bajo nuestra mayordomía; tengamos cuidado de ellos brindándoles un espacio don­de conversar, reír y llorar, si es necesario. 

La expresión de emociones y la oración son elementos fundamentales para que tengamos salud física, espiritual y emocional. Por eso, arrodíllate junto a tu cama cada mañana y cada noche, y ora.

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