Matutina para Mujeres, jueves 10 de Junio de 2021

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Esto es el amor: perdonar

“No tomen venganza ustedes mismos, sino dejen que Dios sea quien castigue” (Rom. 12:19).

Todas, al ser objeto de una ofensa, hemos sido aconsejadas por terceros a perdonar al ofensor. Sabemos que perdo­nar es un principio cristiano que debemos poner en práctica, pero no es sencillo hacerlo. Perdonar es un proceso que toma tiempo; requiere recur­sos espirituales y emocionales, mucho valor y reflexión no solo sobre lo su­cedido, sino sobre la vida y la salvación. 

Para muchas personas, quedarse estancados en la ofensa es más cómodo que echar mano de los recursos que hagan falta para dejar ir el rencor y el resentimiento con valentía y mirando hacia el futuro de ambas partes. Que­darnos en la ofensa es una manera de seguir siendo rehenes permanentes del dolor causado por una traición o un daño puntuales. Significa hacer respon­sable al ofensor del sufrimiento propio; significa decidir cada día quedarnos estancadas en la victimización. Nadie, aparte de nosotras mismas, puede encadenarnos a la autodestrucción generada por la ofensa. ¿Será sabio eso? Siendo que la falta de perdón esclaviza, cierra el flujo de la felicidad y nos impide ser libres, ¿tendrá sentido tomar la decisión de no perdonar? 

Quizá desde tu perspectiva, el ofensor no merece perdón, y te satisface hacérselo saber con reclamos, desprecios, malos tratos e insultos, sin darte cuen­ta de que el castigo o la penitencia que crees infligir es en realidad un auto­castigo y una penitencia que pagarás en tu propia vida. 

El perdón es una donación de amor; del amor recibido de parte de Dios, quien, siendo nosotros aún pecadores, no solo nos perdonó sino que se en­tregó a sí mismo a una muerte ignominiosa en la cruz, castigo reservado para malhechores y criminales. Perdonar no es justificar la ofensa ni pasarla por alto; tampoco significa abrir la puerta a ser ofendidas en el futuro por la mis­ma persona. Se puede perdonar y, a la vez, poner límites saludables que pro­tejan tu integridad y tu condición de hija de Dios. 

Cuando perdonamos, llega la paz; y lo hace en tres dimensiones: 1) paz con Dios; 2) paz contigo misma; y 3) paz con el ofensor. Esperar hasta que te ofrezcan una disculpa es tiempo perdido, pues quizá nunca llegue y, mien­tras esperas, tu crecimiento personal se estanca. ¿Por qué impedirte a ti misma voluntariamente disfrutar del gozo de vivir sin rencor?

Sea nuestra oración: “Perdónanos el mal que hemos hecho, así como noso­tros hemos perdonado a los que nos han hecho mal” (Mat. 6:12).

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