Sábado 10 de Diciembre de 2022 | Matutina para Adultos | El poder excluyente de un nuevo afecto

El poder excluyente de un nuevo afecto

“No amen al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15, RVC).

Muy poderoso tiene que ser el mensaje de un sermón predicado en el siglo XIX para que hasta el día de hoy siga siendo tema de conversación. Pero esto es exactamente lo que ha sucedido con “El poder excluyente de un nuevo afecto”, predicado por el teólogo escocés Thomas Chalmers (1780-1847). ¿De qué trata?

Chalmers dice que hay básicamente dos formas de intentar vencer el amor a los placeres del mundo. Una consiste en decirse a uno mismo que esos placeres, en última instancia, no valen la pena; que todo lo que hay en él es vanidad; y esperar que, con el tiempo, el corazón se resigne a vivir lejos de esas tentaciones. La otra manera consiste en permitir que otro amor –en este caso, el de Dios– tome posesión del corazón, y así desplace los viejos afectos. En otras palabras, se trata de cambiar un amor por otro. Como lo dice el mismo Chalmers: “La mejor manera de expulsar [del corazón] un afecto impuro es admitiendo uno puro; y al amar lo que es bueno, estaríamos desarraigando lo que es malo”.

¿Cuál de los dos métodos tiene mayores posibilidades de éxito?

¡No hay comparación! Nadie resiste los atractivos pecaminosos del mundo solo porque en su mente piensa que son vanidad; o porque se propone resistirlos. Hay solamente una manera –léase bien, solo una– de desarraigar del corazón los viejos afectos mundanales. Es esta: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17).

¿En qué sentido es que “todas las cosas son hechas nuevas”? En el sentido de que un nuevo amor se ha apoderado del corazón, ha expulsado los viejos afectos, y ahora esa persona comienza a “odiar” las cosas que antes amaba.

¿Estás luchando contra “esos viejos afectos”? No sigas. Más bien, permítele a Cristo entrar en tu corazón. Lee acerca de él, piensa en él, habla de él, ora a él. Deja que su amor invada cada espacio de tu vida. El resultado será que un día podrás decir con el apóstol: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál. 2:20).

Bendito Jesús, apodérate de mi corazón. Invade cada rincón de mi vida. Que nada en mí escape a la poderosa influencia de tu gran amor.

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