Sábado 15 de Octubre de 2022 | Matutina para Adultos | “¡Muchachos! ¡Vengan a comer!”

“¡Muchachos! ¡Vengan a comer!”

“Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al Mar de Tiberias” (Juan 21:1).

Las palabras del apóstol Juan en nuestro texto de hoy hablan de “la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos” (Juan 21:14). La primera había ocurrido en el aposento alto, el día de la resurrección; y la segunda, en el mismo aposento, una semana más tarde. Ahora se encontraba con algunos de ellos en un lugar saturado de recuerdos: junto al mar de Galilea.

Fue a orillas del mar de Galilea donde el Señor había llamado a Simón y a su hermano Andrés; así como también a Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo. Y fue también ahí donde, obedeciendo su orden, ellos habían echado la red después de toda una noche de trabajo infructuoso. El resultado fue que “reco­gieron tal cantidad de peces que su red se rompía” (Luc. 5:6).

En el momento de esta tercera aparición, los discípulos no saben que el Señor los observa. Así que Pedro sugiere ir de pesca, y los otros deciden acompañarlo, “pero aquella noche no pescaron nada” (Juan 21:3). Entonces un Extraño los saluda de una manera muy familiar.

–Muchachos, ¿no tienen algo de comer? –les pregunta.

–No –responden ellos (vers. 5, NVI).

Qué forma tan curiosa de saludarlos, porque los discípulos eran cualquier cosa menos “muchachos”. El término en griego puede significar “hijitos”, o también se puede entender de manera coloquial como “mis muchachos”.

Así que ahí están “sus muchachos”, cansados y hambrientos, después de trabajar toda la noche sin poder prender un solo pez. “Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo”, les dice. “Así lo hicieron, y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red” (vers. 6, NVI).

Cuando los discípulos desembarcaron, “vieron unas brasas con un pescado encima, y un pan” (vers. 9, NVI). “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar –les dijo Jesús. […] Vengan a desayunar” (vers. 10, 12, NVI).

El Señor de la gloria, vencedor de la tumba, a quien toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra, les prepara desayuno a “sus muchachos”. ¡Qué cosa tan maravillosa! Esta era su manera de decirles: “Mientras se ocupen en hacer la obra que les he encomendado, nunca los perderé de vista; nunca les faltarán los recursos necesarios para completarla” (ver El Deseado de todas las gentes, p. 751).

Maravilloso Salvador, estas son las cosas que me hacen caer de rodillas ante ti, y decir: “Digno eres, Jesucristo, de recibir honra y gloria, ahora y por toda la eternidad”.

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