Viernes 26 de Agosto de 2022 | Matutina para Mujeres | Separadas

Separadas

“Les daré integridad de corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Les quitaré su terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo” (Eze. 11:19, NTV).

El peligro más grande de la desobediencia es que nos separa de Dios. La desobediencia es una declaración de independencia. Imagina qué pasaría si los pobladores de una provincia le dijeran al resto de tu país: “Desde ahora seremos una nación soberana”. Mejor aún, imagina qué pasaría si un riñón le dijera al resto de tu cuerpo: “Yo soy independiente y no te necesito”. Al desobedecer, declaramos nuestra independencia del Creador y Sustentador. En otras palabras, estamos diciendo: “Yo no te necesito y me las puedo arreglar muy bien solita”. Por supuesto, esta actitud solo puede conducirnos a la muerte.

Cuando elegimos voluntariamente separarnos de Dios, bloqueamos el flujo de su amor trasformador. En Inglaterra, donde vivo, los enchufes tienen un interruptor de encendido y apagado (similar al de la luz). Cuando me mudé a este país, a veces ponía a cargar mi teléfono celular sin verificar que la tecla estuviera encendida. Entonces, aunque lo dejara cargando por horas, la batería de mi teléfono continuaba tan muerta como al principio. ¡Separadas de Jesús no podemos hacer nada! Sin él, no solo nos quedamos sin energía, por así decirlo, sino además el pecado comienza a hacernos implosionar y corroe los fundamentos de nuestro carácter. En su artículo “Las tres mentiras que creemos al pecar”, Gerson Morey escribe: “El pecado nubla nuestra visión de Dios, endurece nuestros corazones y socava nuestra confianza en el Señor. El pecado produce incredulidad, reduce nuestro gusto por las cosas celestiales, nos insensibiliza a la maldad y nos hace más inmundos”. La única esperanza es admitir nuestra total y completa dependencia de Jesús. Debemos rendirnos, entregar las armas y recibir su perdón abundante y regenerador.

Señor, líbrame de mi rebeldía. ¡Sálvame de mi misma! Hoy rindo mis armas y mis pretensiones de independencia. Separada de ti no puedo hacer absolutamente nada. Necesito que tu Espíritu permee mi corazón por completo y me transforme. ¡Necesito un milagro! Pero como tú te especializas en extirpar corazones de piedra y trasplantar allí corazones de carne —tiernos y receptivos—, sé que estoy en buenas manos. Quiero obedecerte, Señor. Por favor, dame un espíritu nuevo. Gracias por amarme tanto como para hacer esto. Amén.

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