Viernes 30 de Septiembre de 2022 | Matutina para Adultos | ¡Que el mundo entero lo sepa!

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¡Que el mundo entero lo sepa!

“En aquel tiempo, Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y presentes a Ezequías, porque supo que había estado enfermo y que se había restablecido. Se regocijó con ellos Ezequías y les mostró la casa de su tesoro” (Isaías 39:1, 2).

La visita de los embajadores del rey de Babilonia al rey Ezequías, de la cual habla nuestro texto de hoy, nunca debió ocurrir. La razón es que para ese entonces Ezequías debía haber muerto.

Por medio del profeta Isaías, Dios le había comunicado al rey la terrible noticia: “Esto dice Jehová”, le dijo el profeta: “ ‘Ordena los asuntos de tu casa, porque vas a morir. Ya no vivirás’ ” (Isa. 38:1). Pero apenas supo que moriría, Ezequías buscó a Dios en oración “con gran llanto” (Isa. 38:3). Dice la Escritura que Dios no solo vio las lágrimas del rey, además lo sanó milagrosamente y añadió a sus días otros quince años de vida.

¿Qué se esperaba que el rey dijera a los emisarios babilónicos? Lo menos que se esperaba es que les hablara del Dios maravilloso que milagrosamente lo había sanado. Pero no lo hizo. En cambio, les mostró “toda su casa de armas y todo lo que se hallaba en sus tesoros”. ¡Grave error! ¿En qué estaba pensando Ezequías cuando reveló a esos hombres toda la fortuna de su reino y su arsenal de armas? Muy probablemente estaba pensando en su gloria personal, tal como lo registra la Escritura: “Pero Ezequías no correspondió al bien que le había sido hecho, sino que se enalteció su corazón” (2 Crón. 32:25).

¡Qué oportunidad tan preciosa perdió Ezequías! Él creía haber mostrado a los embajadores todos sus tesoros, pero el caso es que dejó fuera de la conversación al mayor de sus tesoros: ese misericordioso Dios que hasta ese momento había prosperado su reino y que además lo había sanado milagrosamente.

El mismo Dios que sanó a Ezequías y prosperó su reino, ¿no nos ha colmado también a nosotros de innumerables bendiciones? No hay que hacer un gran esfuerzo para comprobarlo: ¿Hay pan en nuestra mesa? ¿Tenemos un trabajo que nos provee el sustento diario? ¿Hay en nuestra vida gente que nos ama incondicionalmente? La lista de bendiciones podría continuar, pero no es necesario porque el punto está claro: ¡todo cuanto poseemos es gracias a Dios!

Más importante aún: ¡Él es nuestro mayor tesoro! ¡Que el mundo entero lo sepa!

Padre celestial, ¿qué más te puedo pedir que hasta ahora no me hayas dado? Abre hoy mis ojos para que yo pueda entender que todo cuanto tengo es gracias a ti; y, sobre todo, para nunca perder de vista que eres mi mayor tesoro.

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