Jueves 06 de Enero de 2022 | Matutina para Mujeres | Dieciocho pulgadas

Dieciocho pulgadas

«Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren»

(Juan 4:24).

Son tan solo 18 pulgadas, es decir, 20 centímetros; sin embargo, es una de las dis­tancias más difíciles de atravesar: es la distancia que existe entre el cerebro y el corazón. Y hablando de esa «distancia», hace unos años que me di cuenta de que había una «distancia», es decir, una discrepancia entre lo que yo creía en mi mente y lo que sentía mi corazón. Entonces, comencé a orar pidiéndole a Dios que la verdad «cayera» de mi cerebro a mi corazón como una fruta madura atraída hacia el suelo por la fuerza de la gravedad.

Cierto día, mientras escuchaba la canción de J. J. Heller «God is still here» [Dios sigue aquí], me di cuenta de que muchas personas tenemos problemas con esas 18 pulgadas. En esa canción, se le pide a Dios que «la verdad que está en la cabeza baje al corazón», para dejar de sentir miedo y ansiedad. Mientras nuestro corazón y nuestra mente sigan batiéndose a duelo, incapaces de ponerse en sintonía, no ten­dremos paz. Si hay un yugo desigual en el matrimonio entre la mente y el corazón, seremos como una casa dividida contra sí misma, que no puede obtener la victo­ria. Es absolutamente imprescindible que la verdad bíblica que creemos en nues­tras cabezas despierte el amor en nuestro corazón.

A muchas mujeres nos han enseñado desde bien pequeñas a desconfiar comple­tamente de nuestras emociones y a vivir nuestra fe como un acto de racionalidad pura; sin embargo, ¡hasta los demonios creen y tiemblan! (Sant. 2:19). Tener un co­nocimiento teológico correcto acerca de Dios es muy importante. Claro que, a menos que el corazón esté empapado del amor de Dios, nuestra vida espiritual estará seca y cuarteada. Necesitamos adentrarnos más en el océano del amor de Dios, no sim­plemente leer acerca de ese océano.

Señor, por favor alinea mi mente y mi corazón para que tiren del carro de mi vida en la misma dirección. Quiero conocerte más, pero también tengo miedo. Es mucho más fácil leer acerca del océano que atreverme a adentrarme en él y mojarme por completo. Solo tú puedes obrar el milagro. Tómame de la mano, Señor. Condúceme a lo profundo de tu revelación. Llévame adonde ya no haga pie, donde mi mente sola no alcance. Llévame donde tenga una experiencia transformadora completa: de la mente y del corazón.

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