Lunes 30 de Agosto 2021| Matutina para Jóvenes | ¿Piensan ustedes que yo no estoy actuando bien?

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¿Piensan ustedes que yo no estoy actuando bien?

“Ustedes dirán que yo no estoy actuando con justicia; pero escucha, pueblo de Israel, ¿piensan ustedes que yo no estoy actuando bien? ¿No será más bien lo contrario, que son ustedes los que están actuando mal?” (Eze. 18:25, DHH).

Enrique VIII, rey de Inglaterra desde 1509 hasta 1547, creía que estaba actuando bien. Tanto es así, que promulgó una ley para separarse de la Iglesia de Roma, que no le permitía divorciarse de su esposa Catalina de Aragón para unirse con su amante, Ana Bolena. Pero esto no fue suficiente. Fundó su propia religión al constituirse cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra. Después de Ana, a quien mandó decapitar, tuvo cuatro esposas más.

Lamentablemente, el caso de este rey es solo uno entre millones que eligen desoír los designios divinos respecto a esta institución. La institución del matrimonio en el Edén tiene propósitos y bendiciones específicas. El alcance de su influencia no tiene límites, tanto para bien como para mal.

Como todo lo que requiere esfuerzo, dedicación, compromiso y amor en un mundo donde esos valores escasean, la institución del matrimonio se ha visto tremendamente atacada y afectada. Cada vez es más común que los matrimonios, incluso dentro de la iglesia, se disuelvan rápidamente y, muchas veces, sin causas justificables.

“Como todas las demás excelentes dádivas que Dios confió a la custodia de la humanidad, el matrimonio ha sido pervertido por el pecado; pero el propósito del evangelio es restablecer su pureza y hermosura” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 62).

Quizá te ha tocado vivir el divorcio de forma muy cercana y conoces el dolor que lo acompaña. Es muy difícil, en el mundo de hoy y por nuestros medios, mantener puro el vínculo más atacado por el enemigo, pero hay una hermosa promesa: “La gracia de Cristo, y solo ella, puede hacer de esta institución lo que Dios deseaba que fuese: un agente para bendecir y elevar a la humanidad. Y así las familias de la Tierra, en su unidad, paz y amor, pueden representar a la familia de los cielos” (ibíd, pp. 62, 63). ¡Qué gran desafío y qué hermoso cometido!

Te animo a pensar en la restauración y en la bendición, y a reconocer que somos nosotros los que estamos actuando mal y necesitamos la dirección de Dios. Te animo a que hoy le entregues tu vida a él, que puedas proponerte honrarlo en tu elección actual y futura de pareja, y que puedas orar más por los matrimonios que conoces.

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