Domingo 17 de Octubre de 2021 | Matutina para Mujeres | Mírate con los ojos de Dios

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Mírate con los ojos de Dios

“Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:10, RVR 95).

En la meditación de ayer hacíamos referencia a la experiencia de los jóvenes enviados por Moisés a reconocer la tierra de Canaán, y el énfasis estuvo centrado en las dos diferentes percepciones de las di­ficultades que tuvieron los miembros del grupo enviado. Decíamos que es la confianza en Dios, en que vives en su camino y obedeciendo su propósito, lo que nos capacita para tener una visión realista de los desafíos de la vida. 

¡Qué maravillosa verdad! Encontramos la visión realista de lo que somos y de lo que son los demás cuando nos miramos a través de los ojos de nuestro Creador. Al hacerlo, reconocemos nuestro origen y esto nos sitúa en un con­cepto equilibrado: no menospreciamos a otros ni los vemos con desdén e indiferencia, pero tampoco dejamos de ver nuestras capacidades. 

Somos hechura de Dios y, si algo o alguien ha intentado desdibujar en tu mente esta realidad, “el Señor que te creó te dice: ‘No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío. Si tienes que pasar por el agua, yo estaré contigo, si tienes que cruzar ríos, no te ahogarás; si tienes que pasar por el fuego, no te quemarás, las llamas no arderán en ti. Pues yo soy tu Señor, tu salvador’ ” (Isa. 43:1-3). Si aceptamos esta gracia inmerecida, lle­gamos a ser mujeres completas, pues Dios suple todo lo que nos falta. Podre­mos tratarnos bien a nosotras mismas y aceptar los elogios que vienen del entorno sin soberbia y con humildad, como alguien que siente satisfacción por el deber cumplido. 

Todo esto desemboca en un estado de alegría natural, que nos conduce a la alabanza y a la gratitud. Disfrutamos a las personas y el ambiente que nos rodea; también gozamos de nuestras posesiones y las compartimos, porque reconocemos que vienen de la mano de Dios y son bendiciones inmerecidas. Por otro lado, somos capaces de regocijarnos con los triunfos de otros, y es­tamos dispuestas a elogiar y apreciar los éxitos ajenos, que de un modo u otro también pueden ser los nuestros. 

Hoy, antes de iniciar tu jornada de trabajo, tus labores de rutina o tus que­haceres en el hogar, ¡detente! Toma un minuto y mírate con los ojos de Dios. Él te dice: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; de­lante de mí están siempre tus muros” (Isa. 49:16, RVR 95).

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