Matutina para Mujeres, Miércoles 23 de Junio de 2021

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El amor que hace madurar: el cuidado emocional

“Dale buena educación al niño de hoy, y el viejo de mañana jamás la abandonará” (Prov. 22:6).

Ayer hablamos acerca de la vinculación de los padres con los hijos; hoy redundaré un poco más en esta relación tan trascendente. Las re­laciones amorosas entre padres e hijos son fundamentales para el desarrollo de una personalidad madura; sin embargo, son pocos los padres a quienes les resulta fácil construirlas. El desapego entre padres e hijos es algo cotidiano, propio de esta sociedad, y desgraciadamente una tendencia en aumento. Con “relaciones amorosas”, no me refiero solamente a caricias físicas y psicológicas, sino también a la atmósfera que debe rodear a nuestros hijos. Relacionarse amorosamente con un niño también significa brindarle cuidado, atención y aprecio. 

Los niños necesitan a alguien que les advierta de los peligros a los que se exponen, y son los padres en primera instancia los que deben hacerlo, más aún la madre, pues es ella quien, por lo general, permanece más tiempo a su cuidado. 

Los límites sostenidos en una actitud amorosa pero firme son la mejor sal­vaguarda contra los peligros. A medida que los hijos crecen, los límites pue­den ensancharse hasta que ellos alcancen autonomía y madurez. Por otro lado, las reglas del hogar deben ser establecidas tomando en cuenta la naturaleza infantil, la edad del hijo y su temperamento. Estas deben ser pocas, claras y expresadas de tal manera que no haya incertidumbre acerca de lo que de ellos se espera. Despejemos el camino de la vida de nuestros niños, siendo coherentes y asertivas en la instrucción que les damos. Busquemos un tiem­po cada la mañana para presentar ante el trono de la gracia a cada hijo; así, al anochecer, cuando vayan a dormir, tendrán la seguridad de que sus padres y Dios velan por ellos. 

“Los que están unidos por vínculos sanguíneos se exigen mucho mu­tuamente. Los miembros de la familia debieran manifestar bondad y el amor más tierno. Las palabras habladas y los hechos realizados debieran estar en armo­nía con los principios cristianos. En esta forma, el hogar puede ser una es­cuela donde se preparen obreros para Cristo. […] 

“Las enseñanzas de la Biblia influyen en forma vital sobre la prosperidad del hombre en todas las rela­ciones de esta vida. Desarrolla los principios que son la base de la prosperidad de una nación; principios vinculados con el bienestar de la sociedad y que son la salvaguardia de la familia” (Conducción del niño, pp. 458, 481).

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