Viernes 01 de Abril de 2022 | Matutina para Jóvenes | «Santidad al Señor»

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«Santidad al Señor»

«Santificaos, pues, y sed santos, porque yo, Jehová, soy vuestro Dios. Guardad mis estatutos y ponedlos por obra. Yo soy Jehová, el que os santifico». Levítico 20:7, 8, RV95

«Santidad». Esta es una palabra que aparece muy a menudo en las Escrituras. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en lo que significa? Probablemente te imaginas a un Dios inflexible, con cara de viejo malhumorado que exige la perfección de sus hijos y ni un poco menos que eso. Pero resulta interesante comparar varios de los pasajes donde aparece el tema de la santidad. Por ejemplo, en el versículo de hoy Dios da la orden de que nos «santifiquemos», pero al mismo tiempo termina el versículo diciendo que es él el que nos santifica.

El Dios que santifica aparece en un momento muy especial del pueblo: cuando se ha llevado a cabo el Éxodo, o sea, el rescate o la liberación del pueblo de la esclavitud egipcia. Por eso en el libro de Levítico el tema de la santificación cobra importancia, porque en él se sugieren el estilo de vida y el sistema de adoración de un pueblo que ya no está en esclavitud. La santidad está relacionada con la pureza moral y espiritual del pueblo que ahora vive en una relación de dependencia con Dios. La santidad, para los israelitas, implicaba que Dios los había escogido, los había apartado y ahora ellos lo reconocían como su Dios, como su Dueño.

Además, Dios se reveló como un Dios santo. Este atributo de Dios es uno de los más esenciales y sobresalientes, pues establece el equilibrio entre todas las características del carácter divino. Ya que el poder sin santidad degeneraría en crueldad, la omnisciencia sin ella se tornaría en petulancia, la justicia que no va acompañada de santidad se puede transformar en venganza. La santidad, por lo tanto, le da a Dios majestad, plenitud y perfección. Por eso, cuando Dios se presenta en el versículo de hoy a su pueblo, resalta la característica que le enseña a los seres humanos, y de manera especial a su pueblo, cómo acercarse y andar aceptablemente delante de él.

El Dios que santifica es la clara expresión del propósito divino de elegir un pueblo exclusivamente para él, separado de todo lo que es malo y apartado de la corrupción. El otro elemento que se destaca en este pasaje es que nosotros, por nosotros mismos no podemos producir la santidad. Hemos sido apartados y redimidos por la sangre de Jesucristo, por lo tanto, debemos llevar vidas santas que agraden a Dios (1 Pedro 1: 13-25).

Hoy @Dios te dice: «Vive de manera diferente porque yo te he hecho diferente. Sé lo que eres, un hijo escogido y santo para mí».

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